José Landi

Un día menos

Cuando pase este lunes quedará uno menos para que la caterva se vuelva a su maravilloso lugar de origen: a ese mundo hiperdesarrollado, plenoempleado y cultísimo que está a cien, quinientos o mil kilómetros de aquí

José Landi
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Es lunes y 13. El segundo de agosto y el primero tras ese ritual que, como el cargante actor rapado en aquella película, está muerto pero no lo sabe. Trofeo di trofeos. No queda de lo primero porque cayeron, todos, los últimos. Y bien está. Marcaba el fin del verano. Ahora no deja rastro. Pero será un gran lunes porque hay un gran consuelo. Gordo.

Cuando pase este lunes quedará un día menos para que la caterva que ocupa pisos y hoteles, copa supermercados, tiendas y terrazas, bares, orillas y chiringos, la que aparca en cualquier lugar y cruza por dónde le place se vuelva a su maravilloso lugar de origen: a ese mundo hiperdesarrollado, plenoempleado y cultísimo que está a cien, quinientos o mil kilómetros de aquí. Un día menos para que esa somanta de maleducados, ansiosas de serenidad con traje y pelo suelto, de necios inquietos con polo de marca, regresen a sus prósperas ciudades de procedencia con sus prisas de teleserie americana, sus molestos hábitos de vecino sucio, urbanita y ruidoso, su mirada condescendiente y su aire de superioridad bancaria propia de un cuñado capataz. Ya no pondrá a su pareja de pie en un hueco de la calzada para que la estatua humana reserve aparcamiento mientras da la vuelta a la manzana. Ya no sacará a su perro cagar sin pudor (para diez días que estoy aquí...) que de eso suelen encargarse los lugareños. Ya no hará pirulas con el coche con la excusa de ir perdido. Un día menos para que se vayan al quinto cono de Tres Caminos antes de seguir hacia a esa gran área metropolitana, tan próspera, de la que proceden.

Para indeseables, zafios e insoportables ya nos bastamos el resto del año los paisanos que, al menos, nos tenemos confianza y somos menos. Y más bajitos, como siempre le pasa a los indígenas oriundos. Apenas provocamos atascos 40 minutos cinco días a la semana durante el resto del año. Puede ahorrarse –el que lo crea– todo lo de «pues menos mal que vienen y dejan dinero», «a ver qué íbamos a hacer si no», «de qué íbamos a vivir» o «reza para que sigan viniendo». Yo sólo rezo cuando estoy muy asustado –y no es el caso–pero no sé bien a qué o a quién. En mi hambre mando yo y prefiero morir tieso como los ahorcados antes que aguantar a nadie. Ni a los de aquí ni a los que no lo son.

Tampoco estábamos mucho peor –creo recordar– antes de que vinieran por centenares de miles. La turismofobia está muy de moda porque no hay quién nos soporte ni en nuestras ciudades habituales ni en nuestros lugares de vacaciones. Es tan contagiosa que seguro que éstos que ahora invaden ‘Cai’ (como si alguien usara ese terrible término) también practican este dulce rechazo en su lugar de origen a los asiáticos, yankees, rusos o provincianos que les visitan sin avisar.

Pues, eso. Que lo mismo digo. Que igualmente. Que corra el aire, Levante o fresco. Ya les explicaremos otro verano cuál es cada uno. Sí, sí, qué gracia, siempre estamos hablando del aire, del tiempo, claro, qué ‘ange’, qué arte, picha, bastinaso. Venga. Vale. Adiós, adiós, venga, sí, adiós.

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