Memoria frágil

No parece razonable que Rajoy ahora se despida diciendo: «Ha sido un honor dejar a España mejor que la encontré»

CÁDIZActualizado:

Recuerdo una conversación hace mucho tiempo con Carmen Romero, a la sazón diputada por Cádiz. Especulamos acerca de la ausencia en España de una derecha moderna y de sólidas convicciones democráticas, al modo de los tories británicos o del gaullismo republicano francés; los dirigentes del PP nos parecían de alguna manera vinculados al ideario y los modos del franquismo, toda vez que la derecha republicana se había disuelto tras el desenlace de la guerra civil, y habían fracasado esfuerzos por generar un nuevo liberalismo, como los propiciados por la oposición tolerada por Franco, en torno a la revista ‘Cuadernos para el Diálogo’. Empero, Carmen me habló con simpatía de Mariano Rajoy, entonces un desconocido, ajeno a posiciones más radicales, como las de Zaplana o Rato, ambos ahora inmersos en procesos penales. Rajoy acaba de ser destituido, conservando un gallardo talante en contraste con algunos de los suyos, quienes aferrados al sofisma de la lista más votada, se niegan a entender la lógica del sistema parlamentario, cuestionando una decisión sustentada por la mayoría absoluta de los electores que son quienes han configurado el Parlamento. Tras su dimisión, Pablo Iglesias le ha calificado como un político elegante e inteligente y añadía: «Fue un honor ser su rival, se ganó mi respeto».

La dura sentencia sobre un alarmante caso de corrupción que afecta a su partido, ha terminado con la larga carrera de este corredor de fondo. Tras dos fracasos, había alcanzado la jefatura del gobierno en 2011; la debilidad de Zapatero frente a las presiones de la Troika, le facilitó una cómoda victoria que utilizó para afrontar la crisis con extrema rudeza. Luego, los fracasos electorales de 2015 y 2016 le llevaron a formar un gobierno minoritario incapaz de sumar apoyos. No parece razonable que ahora se despida diciendo: «Ha sido un honor dejar a España mejor que la encontré». Tal vez olvida las medidas devastadoras que jalonaron su primer mandato con mayoría absoluta. En febrero de 2012 el gobierno aprueba una reforma laboral tercermundista; el 20 de abril anuncia un dramático recorte en educación y sanidad. Frente a estas disposiciones que perjudican a la población, el 9 de junio del mismo año se acuerda el rescate bancario que supone la entrega a entidades financieras privadas de una cantidad equivalente a la mitad del Producto Interior Bruto anual de la Nación. La amnistía fiscal en esas fechas también favorece a los poderosos.

Por si eso fuera poco, se adoptan medidas que favorecen la ejecución de embargos y desahucios que llenan la prensa de dramas que afectan a muchas personas; la quema a lo bonzo de un hombre en Málaga, en enero de 2013, inicia una larga serie de noticias sobre suicidios por la acción depredadora de la usura, amparada en disposiciones gubernamentales. Se llegan a circular instrucciones para proceder al embargo de salarios y pensiones por encima de lo dispuesto en la Ley de Enjuiciamiento Civil. Si a eso añadimos: la ‘Ley Mordaza’, de julio de 2015, que limita derechos básicos; o el impuesto al sol, de octubre de 2015, con una tasa al autoabastecimiento, pese a la pobreza energética. Y además: pensiones y salario mínimo congelados, desigualdad de la mujer y desprotección de los débiles, no se puede decir que nos haya dejado una España mejor, pero Mariano Rajoy ya es pasado; su sucesor, Pedro Sánchez, ha escogido un gobierno de personas solventes: once mujeres y siete hombres. Demos una oportunidad a la socialdemocracia histórica.