Opinión

Más Venecia

Durante el quinto congreso de la Fundación Arquitectura y Ciudad se ha reflexionado acerca del valor de los espacios libres

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Durante el quinto congreso de la Fundación Arquitectura y Ciudad, celebrado los días 13 y 14 de junio en Pamplona, se ha reflexionado acerca del valor de los espacios libres, entendiendo que una ciudad es tanto más urbana y democrática cuanto mayor sea el peso de los ámbitos de interés general con relación a los usos privados. La arquitecta anglo-iraní Farshid Moussavi reivindicó los usos públicos, incluso en áreas privativas, así relató cómo tras la polémica expulsión de un ciudadano de una cafetería de la cadena Starbucks, la empresa comunicó que nadie más sería nunca desalojado por no consumir. «Menos forma y más gente. Menos Dubái y más Venecia», exclamó el urbanista danés Jan Gehl, autor de la peatonalización de Broadway. Precisamente en Venecia, el 26 de mayo se había inaugurado la edición 16 de la Bienal Internacional de Arquitectura titulada «Free Space», cuyas comisarias son las arquitectas irlandesas Yvonne Farrell y Shelley McNamara; el objetivo es indagar acerca del espacio de uso público. De entre los 71 participantes destaca la visión crítica que expresa el Pabellón de Luxemburgo, configurado mediante un angosto pasillo rodeado de maquetas de los inaccesibles rascacielos de la capital, de manera que los visitantes solo disponen de un 8% del recinto, coincidente con el porcentaje de espacio público en Luxemburgo; el corredor concluye mediante el rotulo: ¿Un país privatizado es una empresa o un Estado?

Más allá de las distintas propuestas, queda la imagen transversal de su principal pabellón: Venecia, ciudad de origen lacustre y sede de la Serenísima República, emporio del Mediterráneo medieval, cuya morfología, tejida por canales, puentes y otros espacios peatonales, aún podemos disfrutar. Incluyendo al Arsenal, antiguo complejo de astilleros, donde se llegaron a desarrollar técnicas de producción de galeras en cadena desde el siglo XVI. Tan sugestivo espacio es el principal escenario de la Bienal; en esta ocasión dedicada a explorar el tema del espacio libre, en todas sus significaciones: libre de construcción, escenario natural, público, colectivo, gratuito, sin límites, ágora popular, tierra de todos y de nadie. Por vez primera participa el Vaticano, mediante diez pequeños centros, de oración, meditación y reposo, diseñadas por reconocidos arquitectos e inspiradas en la Capilla del Árbol (1918) de Gunnar Asplund para la Iglesia Reformada de Suecia. Menos interés ofrece la exposición de un trozo de los demolidos Robin Hood Gardens de Alison y Peter Smithson, esfuerzo logístico injustificado después de no haber destinado un céntimo para defender el derecho a la vivienda de más de 200 familias que se alojaban en ese conjunto residencial en torno a un espacio libre colmado de esencia aguda de vida.

En la edición de 1980 de la Bienal de Venecia se admitió a la arquitectura, que siguió a la pintura y al cine, objetos de la misma desde 1895. Y lo hace ocupando la larga nave de la cordelería del Arsenal, mediante lo que se denominó Strada Novissima, compuesta por una escenografía de veinte fachadas diseñadas por otros tantos arquitectos, entre los que se encontraban: Aldo Rossi, Robert Venturi, Frank Gehry, Léon Krier y Ricardo Bofill. Paolo Portoghesi, comisario de la muestra, había dicho de la Strada que era una exhibición con arquitectura, no de arquitectura; de hecho se planteó como apología del posmoderno, respuesta ecléctica al Movimiento Moderno. Algunos años después la tendencia posmoderna se apaga, proceso recogido en las sucesivas muestras, todas ellas muy útiles para abrir debates y reivindicar el papel social y cultural de la arquitectura.