Francisco Apaolaza - OPINIÓN

Maricón

Ayer recordé todas las maneras que existen en Cádiz de decir maricón

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Escribo esto desde una mesa metálica de un bar de Puerta de Tierra mientras un Levante intenso y persistente, como una bronca de pareja, barre la ciudad de Cádiz de Este a Oeste. He vuelto a Cádiz y ahora ya sé que es el único de todos mis paraísos perdidos que aguanta el tirón de los años; de los años míos y de los de los demás. He regresado a recoger el premio de Artículos Periodísticos que la Fundación Unicaja ha tenido la insensatez de concederme y así visto, este viaje es la cumbre de mi gaditanía, pues venir a Cádiz a cobrar supone la cuadratura del círculo.

El artículo se titulaba ‘La petróleo me hizo un hombre’ y recordaba la noche en que me metí en el backstage de un concierto de La Petróleo y La Salvaora, pioneras del travestismo en España, y me las encontré sentadas en una mesa de plástico con un vaso de Nocilla con tres dedos de DYC, un pitillo trujas en los dedos y los rellenos de silicona encima de la mesa. La Petróleo me hizo un hombre porque yo iba a preguntarle sobre la lucha de género y en realidad merecían una entrevista de artistas. Esa noche nací como reportero, pues entendí que los esquemas mentales y los prejuicios solo sirven como leña para una hoguera.

Ayer estuve con La Petróleo en su casa de la Calle de La Palma, una casita pequeña y calurosa como una caja de cerillas prendida. En el salón cuelga una foto de la artista en un tablao de Miami en la que está para ponerla un piso. Hablamos por fin de aquel mariconeo de los tiempos de Franco, de cómo se inyectaba las hormonas y cómo le fueron cogiendo fuerza los senos en el pecho. Hasta nos enseñó las tetas a sus 74 con interés divulgativo y nos contó la noche en la que comenzó todo.

Aquella primera madrugada, ella, la ‘Topoyiyo’ y Manolo el Peluquero, subieron en un coche de caballos vestidas de bata de cola y, montando el pollo, conquistaron una época como si conquistaran Libia. La policía las detuvo y en la comisaría de San Juan de Dios les raparon el pelo por maricones.

Ayer escuché maricón en las grabaciones Villarejas, dichas en una mesa de polis viejos. Maricón es la peor manera de decir maricón. Decir maricón a mal, como si fuera una mancha, siempre lleva prendida la cobardía. Maricón ha sido siempre un insulto de calabozo, de fascio y bofetada, de ‘Dale una hostia a ese maricón’.

Ayer recordé todas las maneras que existen en Cádiz de decir maricón. En Cádiz se inventó el submarino, las papas aliñás, la libertad de prensa, el tres por cuatro y un millón de maneras de nombrar lo distinto. Porque en Cádiz, todo es lo distinto. A 200 metros de donde raparon a aquellas locas, ayer le dediqué el premio a La Petróleo y la Salvaora, pero también a todos los truchas, sarasas, vagonetas, mondrigones, locas, a los de la pluma, a los bujarrones, a los lilas, a los concos, a los que le quitas la vena y se quedan huecos, a los que les cabe el ‘Juan Sebastián de Elcano’ y los que cosen para la calle. Dediqué el premio a todos los maricones del mundo, pues hicieron de éste un lugar más diverso. Porque pusieron cariño donde no lo había y le dieron una vuelta al amor.