Hola Roja

Maravilloso, maravilloso

«De pronto, todo ofende. Todo es xenofobia, racismo, heteropatriarcado, fascismo, homofobia, machismo...Y, de pronto, hay que pedir perdón por todo»

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Mi abuelo, que no había leído a Quevedo, contaba unos chistes de Quevedo que a mí, que sí lo había leído, me hacían muchísima gracia. Y no por los chistes, claro está, sino por lo absurdo y prodigioso que me resultaba imaginar al mayor exponente del conceptismo barroco en la playa con unas suecas, con sus impertinentes y su cuello engolado, o subiendo unas escaleras con Franco –sí, Franco también aparecía en los chistes, mire usted por dónde–, o respondiendo a la maestra en clase. Mucho tiempo después, me enteré de que la tradición oral estaba trufada de anécdotas y chascarrillos de Quevedo y de que en la primera mitad del siglo XX el autor de ‘El Buscón’ estaba en el top ten de los chistes de barra de bar. Cosas veredes.

Nunca fui muy amante de los chistes. En parte porque la imagen del cuñado gracioso en el velatorio o en la comida de Navidad me produce gran rechazo, y en parte porque no hay nada que más pereza me de que adivinar el final el chiste mientras el chistoso se debate entre su risa y su memoria. Un horror, la verdad. Ni me gustan los humoristas, ni los programas de humor, y solo salvo de la hoguera pública a Chiquito de la Calzada porque su hambre histórica y sus penurias en el Japón lo convirtieron en un genio que no contaba chistes, sino que hacía hiperrealismo literario del costumbrismo más casposo. En fin.

Que lo único que me ha interesado de ese género tan breve y tan hispánico –si es que me ha llegado a interesar alguna vez– son los protagonistas. Durante el primer gobierno de Felipe González, los niños contábamos chistes de Morán ¿se acuerda usted de aquel ministro de Asuntos Exteriores? De Fernando Morán se contaban auténticas crueldades del tipo «va Morán a una librería y pregunta ¿Qué tiene de Hemingway? ‘El viejo y el mar’. Pues déme el mar» –para que luego digan que la EGB tenía mal nivel– y cosas por estilo. «Fue Morán a robar un banco…», «Estaba Morán en la playa…» Lo mismo ocurrió luego con Moratinos, y algo parecido había pasado con Lola Flores, con Carrero Blanco –sí, Carrero Blanco también aparecía en los chistes, mire usted por dónde–, con Irene Villa y con Carrillo y su peluca. Porque los chistes siempre han formado parte del acervo cultural de este país que no tiene sentido del humor ninguno –lo he dicho, no tenemos sentido del humor– y sí una mala leche bastante acusada, debida a los complejos tan complicados que arrastramos.

No hace falta que se lo diga. En algunas ventas de carretera todavía es posible encontrar cintas de casete –más complicado es encontrar el casete donde escucharlas– con títulos tan fantásticos como ‘Los mejores chistes de mariquitas’ o ‘Mil y un chiste de gangosos’ o de catalanes, o de deficientes mentales, o de curas, o de gitanos, o de monjas, o de lo que usted quiera. Caricaturas exageradas, o quizá no tanto, de lo que somos o de lo que hemos sido. Eche la memoria atrás y recuerde a Gila contando cómo había matado a su mujer, o a Martes y Trece y su famoso «mi marido me pega». Siempre fue así. Llegaba el gracioso al grupo y te largaba el chiste de turno. Y no pasaba nada más. Todos sabíamos dónde estaban los límites, hasta dónde llegaba la caricatura y en qué momento empezaba la ofensa.

Hasta que llegó el escándalo. Y lo que no habían conseguido ni la Sección Femenina, ni la moral nacional-católica, ni los ejércitos de salvación, lo han conseguido las redes sociales y esta especie de piel fina –ya no se dice tanto lo de la piel fina, ¿no? será que estaremos mudando el pellejo– que con nada se roza y a la que le salen ampollas y estigmas continuamente. De pronto, todo ofende. Todo es xenofobia, racismo, machismo, heteropatriarcado, fascismo, homofobia, y de pronto, hay que pedir perdón por todo, hay que buscar el eufemismo –adecuado o no adecuado– que no haga llagas, hay que eliminar y perseguir al que traspase la línea roja que marca la hoja de ruta de la estupidez patria.

La estupidez, y la hipocresía, que es la estupidez elevada a su máximo exponente. Porque no escuecen los chistes –que al fin y al cabo no son más que ficción–; lo que escuece es el miedo a quedar mal, o a no parecer esa persona tan guay, tan tolerante, tan abierta, tan progresista, tan fantástica que no comparte ni se ríe de una parodia o de una caricatura. Toda nuestra literatura tirada a la basura. En breve, serán políticamente incorrectos y hasta perseguidos Galdós, y Cervantes, y Valle-Inclán, por no hablar de Quevedo. Nuestros hijos e hijas sabrán mucho de tecnología y serán trilingües, pero no sabrán reírse, ni siquiera de ellos mismos.

Los que resistamos este cerco, acabaremos como la gitana del chiste –he escrito gitana, sí- limitándonos a exclamar «maravilloso, maravilloso» ante la estupidez que nos rodea. Y si no sabe el chiste de la gitana del que le hablo, dése prisa en buscarlo, antes de que lo retiren y acaben denunciándome. Cosa que, por otra parte, y a estas alturas, me parecería «maravilloso, maravilloso».