OPINIÓN

Manual de buenos modales

Y ese es el nivel de nuestros Plenos. Un nivel vergonzoso, que no se arregla con una reprobación, ni con un vídeo de justificaciones, ni con una rueda de prensa...

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Si hay algo por lo que aún mantengo esperanzas en la actual ley de Educación –sea cuál sea la ley de Educación que esté en vigor- es por saber si esa asignatura llamada “Educación para la Ciudadanía” tendrá algún tipo de efecto sobre las generaciones venideras. Lo digo porque, visto lo visto, a más de uno y más de dos, les habrían hecho falta algunas clases particulares de la materia. Ni siquiera los rancios manuales de buenos modales, aquellos que ilustraban con ripios -“sin haber motivo soberano, no vayas de visita muy temprano”, decía el mío usando un poema del doctor Thebussem- las normas del buen comportamiento cívico, y tampoco el temario de Formación del Espíritu Nacional –asignatura que debió cursar más de uno de nuestros concejales, ya que desapareció en 1970- parecen haber dejado ninguna huella en la manera de actuar y debatir públicamente. Que no tenemos cultura democrática, es algo que ya se sabe, y no hace ninguna falta echar más leña al fuego. Pero es que tampoco tenemos educación, que es mucho más preocupante. Y eso se demuestra cada vez que hay un Pleno Municipal.

Mi libro de urbanidad era una versión modernizada del manual de Carreño, todo un clásico en esto de cómo hay que comportarse; y decía cosas maravillosas como “los buenos modales tienen como fin permitir a las personas reunirse con tranquilidad, permanecer juntas un cierto tiempo sin fricciones o discordias y hacerse mutuas concesiones en un mismo estilo”. Ya ve. Difícil de entender, si uno no ha visto nunca actuar a la corporación municipal. Y también recomendaba mi libro cómo debatir en público –algo absolutamente normal, tratándose de un texto de los años ochenta, aunque hoy parezca ciencia-ficción- “No hay que gritar, el tono de voz debe ser moderado y audible. No hay que gesticular demasiado”.

Ahí lo tiene. Nuestros concejales no tuvieron un manual de buenos modales entre sus manos. Ni entre sus manos, ni entre sus prioridades. Porque uno podría justificarlos diciendo que han perdido las formas, pero es que para perder las formas, antes hay que tenerlas, y evidentemente, ni las tienen, y lo que es muchísimo peor, lo que natura no da…

Y sin mantener las formas, es muy difícil darle cuerpo al fondo. Lo que ocurrió el pasado lunes en la Junta General de Cádiz 2000 en nuestro Ayuntamiento, no fue más que la demostración de cómo, a poco que nos lo propongamos, estamos dispuestos a perder la razón con tal de ganar un minuto de supuesta gloria, echando mano de nuestros más bajos instintos. Los modos de algunos concejales –más propios de porteros de discoteca que de representantes públicos- no solo sirvieron para anular cualquier atisbo de razón que pudiesen llevar en sus planteamientos políticos, sino que además, sirvieron para que todos viésemos, en vivo y en directo, lo que hay debajo de la piel de cordero.

Verá. Cacique no es un insulto. Si lo busca en el diccionario –que es otro libro que, junto con el de los modales, nunca estuvieron en la banca de alguno- verá que en su primera acepción significa “Gobernante o jefe de una comunidad o pueblo de indios”, -una acepción que nos viene como anillo al dedo, dicho sea de paso- y recoge como segundo significado “persona que en una colectividad o grupo ejerce un poder abusivo”. Por tanto, cacique no es un insulto. Ahora bien, dicho en un salón de Plenos, dirigido a un alcalde en el ejercicio de su función, y con un tono totalmente enloquecido, hace que abramos todos los telediarios y hasta que la Sexta deje de hablar de Cataluña –que no es poco- para repetir una y otra vez las lamentables imágenes.

Cobarde tampoco es un insulto, y ya puestos, un “cobarde” dicho por Chiquito de la Calzada podría ser hasta un elogio. Ahora bien, dicho a gritos, por un concejal, en un salón donde se supone que estamos todos –y todas, también- representados, no deja de ser una auténtica vergüenza.

Fascista tampoco es un insulto en sí mismo. Es un adjetivo que evoca lo peor que puede ser una persona, y que además tiene unas connotaciones asquerosamente históricas. Y eso que, en el abuso que hacemos del término, ha ido perdiendo prácticamente todo su sentido político. Ahora bien, dicho con una carga intencionadamente retadora, hace que se nos revuelvan las tripas, mucho más cuando va acompañado de un “chulo” pandillero de la más baja estopa y la peor educación.

Y ese es el nivel de nuestros Plenos. Un nivel vergonzoso, que no se arregla con una reprobación, ni con un vídeo de justificaciones, ni con una rueda de prensa, ni se arregla convocando a la gente por whatsapp, ni con un megáfono, ni siquiera se arregla con una denuncia en un juzgado.

Se arregla con un manual de buenos modales. Si quieren, no tengo inconveniente en prestarles el mío.