HOJA ROJA

La lengua viperina

Ariesgo de que se me enfade mi lingüista favorito, José Luis Guijarro, y tal vez pecando de un simplismo muy simple, soy de las que pienso que las lenguas son un reflejo de la sociedad y no al contrario

Yolanda Vallejo
Actualizado:

Ariesgo de que se me enfade mi lingüista favorito, José Luis Guijarro, y tal vez pecando de un simplismo muy simple, soy de las que pienso que las lenguas son un reflejo de la sociedad y no al contrario. Que se regulan y se normalizan solas y que cualquier intento de imposición política o ideológica no serviría más que para adulterar los principios de la comunicación. Las lenguas están vivas –salvo las muertas, que por algo se murieron- y responden siempre al desarrollo y a las transformaciones de las sociedades que las hablan. No hace falta poner ejemplos, pero usted sabe tan bien como yo, que no se habla igual en Andalucía que en Castilla y que no es por una cuestión cultural o educacional, ni siquiera económica, como nos hacían creer de pequeños, sino porque responde a los usos lingüísticos de sus hablantes. Pasa en la gramática, como pasa en la sintaxis y como también pasa en el léxico. No utiliza igual el léxico un joven de veinte años, que una persona de cincuenta; tampoco un niño de cuatro. Porque al fin y al cabo, es el mundo en el que uno se mueve el que conforma su vocabulario, y no al contrario.

Dicho esto, no hay que olvidar que el uso –perverso, casi siempre– de la lengua ha sido históricamente un arma de ideologización política. Desde los romanos y su famosa «romanización», que pasó por la imposición del latín como lengua única en el imperio, hasta los intentos de buscar los tres pies al gato de la corrección lingüística en la que vivimos actualmente. Verá. A Lord Voldemort, el de Harry Potter –los referentes son los referentes, qué le vamos a hacer- la comunidad mágica lo temía tanto que se referían a él como «quien tu sabes» o «el innombrable»; no por eso dejó de ser el enemigo público del niño mago, ni dejó de ser la bestia negra de la saga. Porque en este caso, el hábito no hace al monje, y por mucho que uno lo niegue, la realidad es la que es y solo la inteligencia, como decía Juan Ramón, tiene la potestad de darnos el nombre exacto de las cosas.

Corría el 2008, ese año en el que la desaceleración se convirtió en crisis, cuando la ministra Aído quiso reformular la realidad con aquello de los miembros y las «miembras», término nunca aceptado por la sociedad y mucho menos por la Real Academia Española, cuyo cometido no es enseñarnos a hablar, ni siquiera es el de poner puertas al campo, sino como bien dice su añejo lema, su función es la que «limpia, fija, y da esplendor» a la lengua. Limpia del todo la hojarasca que genera un organismo vivo, fija lo que realmente arraiga en el imaginario de la sociedad, y recoge en el diccionario la cosecha de vocablos y significados que conforman la lengua de la comunidad hispano-hablante. Y aunque es cierto que la normativa va siempre excesivamente por detrás –qué le vamos a hacer-, no es menos cierto que es la realidad la que promueve los cambios en los hábitos lingüísticos y no al contrario. Y que hasta que la realidad no cambie dará igual que se prohíba decir «trabajar como un negro», o «te han engañado como a un chino», porque en el imaginario colectivo seguirán latiendo ese tipo de expresiones, y otras que le ahorraré para no herir su correcta sensibilidad. Las palabras van cambiando al ritmo que cambia la sociedad y ningún decreto va a hacer que la Constitución Española, por mucho que nuestra ministra se empeñe en reescribirla con lo que ella llama «lenguaje inclusivo», rejuvenezca.

Porque la gramática española es la que es. Y como en todas las lenguas romances, el principio de economía lleva implícito un mecanismo inclusivo por el que el masculino gramatical –no confundir sexo con género aquí tampoco, por favor- es el término no marcado de la oposición de género, y puede referirse a grupos formados por términos –por términos, insisto- masculinos y femeninos. El problema viene cuando se confunden las churras con las merinas –muy español, por cierto- y se mezcla la gramática con el machismo, que es lo que hace nuestra ministra cuando afirma que «el masculino universal no engloba al femenino»; ella, que se cubrió de gloria con «pixi y dixi», que se autodenominó «fraila» y que decía que «el dinero público no es de nadie». La misma.

En estas cosas, siempre habla un mudo –mientras pueda decirlo, seguiré usando la expresión- y lo peor es que siempre hay quien le escuche. Porque detrás del decreto con el que se pretende cambiar el texto constitucional, duplicando cada estructura gramatical del articulado, no hay absolutamente nada. Yo –y usted, no lo niegue-seguiré sin reconocerme en muchas partes del texto legal, al que no piensan meterle mano, y seguiré pensando que ha envejecido peor de lo que se esperaba. Pero parece que no es eso lo importante, porque como dice nuestra ministra, el proceso «no afecta al contenido de la Constitución. Eso se planteará cuando se plantee». Estupendo.

Volvemos a lo de siempre, a parchear y a construir castillos en el aire. Castillos que siempre empezamos a construir por el tejado. Lo que Shakespeare llamaba «Much Ado and About Nothing», que traducido resulta lo que resulta.

Yolanda VallejoYolanda VallejoArticulista de OpiniónYolanda Vallejo