OPINIÓN

Una lacra provincial

Los datos dicen que la lotería ilegal es un problema, cultural, que sólo se da en Cádiz

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No hace falta ser un lince para toparse con un vecino, con alguna lotera, en algunos barrios muy conocidos de la capital gaditana. Hombres, señoras que en la puerta de su casa, en el bar y la esquina, venden 'numeritos' para un sorteo mudo cuando Hacienda pregunta por él. No en vano, la provincia de Cádiz lidera este tipo de actividades que escapan de cualquier control tributario en Andalucía con un asombroso 98% del total regional.

La Policía Autonómica, en informes realizados durante los últimos años, confirma que en esta provincia se incoan más expedientes sancionadores por la venta de boletos ilegales que en toda la comunidad autónoma junta. Es un problema, un subterfugio legal, esencialmente gaditano.

El nuevo dato, el nuevo recuento, conocido ayer muestra que entre los números de esta provincia y los de las otras siete no hay punto de comparación. Pensar en una pobre señora, que sólo cuenta con los ingresos que obtiene de las ventas que realiza a familiares y amigos, nos acerca a la lástima y a llegar a comprender que se lance a esta actividad, aunque sea haciendo trampas al Estado. No es ninguna criminal, por supuesto, y para algunos forma parte de la idiosincrasia de algunas calles. Pero conviene ser realista: los juegos ilegales no nacen al calor de una depresión económica ni como alternativa a un mercado laboral sin oportunidades.

Los loteros y las loteras llevan años llevando un sobresueldo a sus casas de esta forma; percibiendo beneficios sin que el fisco se entere. Las consecuencias de sus acciones son nimias si se comparan con la pésima gestión que políticos y banqueros han realizado en algunas entidades e instituciones, empujando a este país hacia la indignación.

Pero sí es cierto que estos juegos ilegales son una representación más de la economía sumergida que también ha impedido que en épocas de bonanza, el Estado hubiera recaudado más y, por tanto, la caja común presentara un aspecto envidiable cuando le llegan las horas más complicadas. De esa caja salen servicios de los que nos beneficiamos todos en educación, seguridad o sanidad.

Por desgracia, es sintomático de la cultura de la picaresca, de pedir al Estado con una mano, mientras con la otra se le distraen monedas como trileros. Cuando miramos con envidia a países del Norte de Europa, también debemos admirar esa conciencia común que repudia al defraudador de Hacienda y lo señala por insolidario, por quedarse para sí lo que debería invertirse en todos, ser de todos.