OPINIÓN

La junta inmobiliaria

El anuncio de pleitos en Tiempo Libre resucita desastres como Escuela de Náutica, CASA o Valcárcel

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Ha pasado tanto tiempo que la excepción se vuelve normalidad. De tanto ver un espacio sin actividad, cualquier ciudadano termina por asimilar que es lo común, que no la tendrá. Casi olvida que la tuvo. Podría parecer chocante pero la reincidencia sostenida en el tiempo amortigua el efecto sorpresa. Una administración permite, por omisión, que un edificio bajo su responsabilidad directa, protegido además por su particular arquitectura y sede de algún servicio público, se deteriore de forma alarmante.

Hasta el punto de que las autoridades decretan su cierre, su imposible utilización. Después de anunciar varios planes vanos, proyectos grandilocuentes, caros, lejanos e imposibles, esa misma institución pretende traspasar la responsabilidad, dejar el abandonado espacio, aún más deteriorado, a otra administración o a la empresa privada para endilgarle el posible arreglo, el improbable derrumbe, la utilización futura y, sobre todo, poder señalar a otros culpables mientras disimula una negligencia propia.

Por más difícil que resulte comprenderlo, es la Junta de Andalucía la que puso en marcha este proceso, sin fecha ni futuro, punto por punto, con la Escuela de Náutica, un edificio protegido, histórico y emplazado además en un lugar tan simbólico como el frontal de La Caleta, que parece un imán para despropósitos urbanísticos tras sumar nombres como Valcárcel.

El único motivo para creer que tal secuencia de despropósitos es real está en que la administración autonómica, con matices en cada caso, ha repetido este ‘modus operandi’ en varios de los solares y edificios más voluminosos y señalados de su patrimonio en la capital gaditana.

Aunque sin construcción alguna, ya mareó la perdiz y dejó pasar los años con el suelo de Construcciones Aeronáuticas, con el empeño de la que la Zona Franca intentara solventar el estropicio tras renunciar a construir el anunciado hospital.

Semejante proceder volvió a la actualidad ayer con uno de los casos más sangrantes: la Residencia Tiempo Libre. Once años clausurada y sin que nadie sepa aún qué se hará en la teórica parcela más cotizada y privilegiada del tramo más afortunado de playa en la ciudad. Sólo se sabe que los últimos inquilinos de la planta baja planean pleitos. Así las cosas, camino de otros diez años de parálisis.