OPINIÓN

Las goteras de Franco

El día que Alberto y yo dejemos de saludarnos con un abrazo, este país ya no me valdrá la pena

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Estuve trabajando en Cuelgamuros hace un tiempo. Apunté en un cuaderno que allí hasta el verano es un homenaje al invierno. Leí una vez un verso que se decía cuando la construcción: “El aire de Guadarrama es frío y sutil: mata a un hombre sin apagar un candil”. Coincidí allí con un compañero de un periódico de la izquierda abertzale con el que tengo algunas cosas en común y cuya relación defiendo como el último bastión de mi Euskadi íntimo. El día que Alberto y yo dejemos de saludarnos con un abrazo, este país ya no me valdrá la pena. Andábamos juntos en la esplanada con Ferreras, el fotógrafo, un tipo de verdad. Éramos un símbolo de lo que ha avanzado España desde el 75, de las propias complejidades de este país. Representábamos, disimulando, la derrota de aquello. De alguna manera intuí que siempre recordaría ese verano. Le advertí a Alberto entre risas: “No se te ocurra decir que eres del ‘Gara’” y entramos en la basílica, entre los dos ángeles custodios con esos espadones que dan un miedo. Hay gente que cree que está entrando en Gotham. Qué lápida tan grande a un hombre tan chico, me dije. De pronto noté las gotas de una gotera cayendo con paso marcial en una enorme papelera metálica que habían construido para contener el agua: ‘dun-dun-dun-dun’. Lo que sonaban era las goteras del régimen, encerrado por sí mismo en esa gruta, y me parecieron un contexto perfecto a todo aquello. Sentí su humedad y su moho. Al margen de su valor artístico y de mi gusto, que no tienen por qué ir de la mano, el Valle de los Caídos -empujados, tropezados, despeñados y demás variaciones mortuorias- me pareció siempre una escenificación perfecta de los delirios de grandeza y del desprecio cruel por lo débil de la dictadura de Francisco Franco. Como parque temático de lo que fue aquello, me pareció una genialidad coronada con las goteras de la basílica.

Hay una parte de España que piensa que no es suficiente y que no hay que dejar las interpretaciones de la historia de España al albur de los cuadernos de notas de un reportero de verano. Es comprensible, sobre todo porque además de Franco y de Primo de Rivera, en los subsuelos de Cuelgamuros se amontonan los restos de otros 33.000 españoles, de aquí o de allá.

La familia de Franco se niega a que trasladen los restos del dictador, aunque quizás debieran comprender que a los familiares de los republicanos de la fosa de allí abajo no les preguntaron nada cuando los sacaron de sus tumbas para trasladarlos. Total, a Franco, como al resto de España, esto ya debe de importarle poco. Otra cuestión es si se le puede dar contexto con aquel hombrecillo dentro. Quizás sí. ¿Y hacer un centro de la memoria histórica allí al lado?

España ha cambiado mucho y para algunos no tanto. ¿Con qué razones se opone nadie a que alguien busque a su familiar perdido? ¿Qué escuece de la memoria? ¿Quizás que se va a restañar con los de un bando? Tiene una solución sencilla: hágase con los muertos de los dos. Todo el mundo tiene derecho a una sepultura en paz -y sin goteras-, incluso Franco. ¿Quién puede negar eso? Quizás el ripio del aire de Guadarrama hablara de otra cosa. El odio en España es frío y sutil: puede matar un hombre sin apagar un candil.