OPINIÓN

Ficción

El discurso del ignorante difícilmente se distingue de la palabra irónica del verdadero sabio

Ramón Pérez
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Como bien nos hace entender Platón en ‘El Sofista’, uno siempre corre el peligro de enredarse en sus propias ficciones y acabar siendo un personaje ilusorio más dentro de su propio relato de la realidad. El discurso del ignorante difícilmente se distingue de la palabra irónica del verdadero sabio, papel que el trasunto de Sócrates interpreta en los diálogos platónicos.

Todo esto viene a cuento porque vivo a orillas de una travesía. Una recta de unos escasos 300 metros que ha dado en ser empleada por los fanáticos del acelerador para dar rienda suelta a sus flujos hormonales. Si es que la velocidad tiene algún oscuro vínculo freudiano con la pulsión sexual, o, aún peor, si el vehículo que manejan se ajusta a aquel manido tópico de la prolongación del pene. Pero escribo esto porque de un tiempo a esta parte, ha hecho acto de presencia en este mismo escenario de asfalto un motero suicida que, tanto a diferentes horas de la noche como a plena luz del día, va dejando tras de sí su rastro de testosterona y bramido largo de tubo de escape.

Dicho motociclista resulta imposible de identificar, no solo porque transita como una exhalación, sino también porque enmascara su rostro tras el visor tintado de su casco. Al principio solía dejarme arrastrar por súbitos arrebatos de cólera cada vez que lo escuchaba pasar desde mi casa, o cuando me cruzaba en la acera con su cabalgada rugiente a lomos de su poderosa máquina. Pero ahora, superando el vértigo que produce la ficción, y tratando de alejarme del error de creerme capaz de entrar en la conciencia de un semejante, me ha dado por pensar que tal vez no se trate de una persona real de carne y hueso.

No descarto la posibilidad de que ese motorista, no en un futuro inminente, sino ya, pudiera ser el fantasma de algún enamorado del vuelo bajo que, ahíto de velocidad, se dejó la vida prendida de algún guardarraíl una noche de niebla. Esa cualidad de aparecido, esa sustancia espectral con que rellena su pantalón y su chaqueta de cuero negro, sería la razón por la que no puede ser detectado por los agentes del orden cuando, urgidos por el deber, establecen sus protocolos policiales en las entradas de las rotondas.

Pero desde el principio he advertido que esto supone para mí el riesgo de que pueda acabar también yo mismo, más sesgado hacia el discurso del ignorante que hacia la ironía del sabio, como otro personaje de ficción dentro de mi ingenua visión de lo real. En cualquier caso más vale represar la ira dentro de los diques literarios que encabritarse como quien, desconectado de la corteza cerebral, recorre un centenar de metros de asfalto sobre la rueda trasera. Así que ahora, cada vez que lo escucho rugir o lo entreveo pasar, me hago a la idea de que se trata de una versión local del Motorista Fantasma, aquel personaje de Marvel que entregó su alma a Satanás a cambio de convertirse en un jinete en llamas, para, mediante este truco retórico, apiadarme de él, condenado asimismo a arder, o ardiendo ya en el fuego del infierno.

Y aquí lo voy a dejar, no vaya a entregarle mi alma a Platón a cambio de investirme con las galas de otro sofista, otro burdo creador de ilusiones y fantasmas, otro constructor de ficciones que, en mi torpe intento de interpretar la realidad, acabe siendo víctima de mis propias fantasías.

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