Esto es todo, amigos

Yo pensaba que la edad era un arma cargada de futuro, y de pasado

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Yo pensaba que, por edad, lo había visto ya casi todo. Imagínese, en mi memoria histórica acumulo tantos trienios que, hasta ahora, me era muy fácil recordar y reconocer el camino por el que ya habíamos pasado. Las miguitas aquellas de Pulgarcito son, a veces, las piedras con las que tropezamos una y otra vez. Nada nuevo bajo el sol lo veníamos llamando desde el Eclesiastés, y formulando el mantra, nos quedábamos tan contentos. Todo tiende a repetirse, hasta ahora.

Porque yo pensaba que la edad era un arma cargada de futuro -y de pasado, para qué voy a decirle otra cosa- que nos investía de autoridad para decir desde aquello de “esto ya lo hemos visto” hasta el más peligroso “va a pasar esto”, pasando por el recurrente -y siempre irritante- “te lo dije”. Pero no contaba con que el asombro es la sombra que más tarda en abandonarnos, y tampoco contábamos con que el hombre será el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, pero también es el único animal al que una sola gota le colma el vaso.

Y yo pensaba que no tendríamos que vivir esto, la verdad. Nuestra historia democrática es corta, pero ha envejecido prematuramente y mal. La crisis de los cuarenta nos afecta a todos. Aparecen las intolerancias, las urticarias -piel fina, dicen-, las irritabilidades y las incontinencias. Y aparece la última gota, la que en un momento desborda toda la contención.

Porque verá, desde que se aprobó la Constitución de 1978, hemos visto de todo, y no hace falta que se lo recuerde, porque para eso estarán los libros de historia y están las hemerotecas. Crisis políticas, crisis económicas, crisis territoriales y crisis sociales de mucha más envergadura que la que ha provocado la vergonzosa salida de Mariano Rajoy -la gota que colma el vaso, no lo olvide- se han vivido ya por aquí. Sobre todo, en los últimos años, en los que todo pendía de un hilo invisible con el que se iba tejiendo una red en las que han ido cayendo todos nuestros representantes políticos. Verá. La corrupción no es de ahora. Cifuentes, Zaplana, la Gürtel, Luis sé fuerte, los Pujol, los EREs… no son de ahora. La impunidad no es de ahora. La poca vergüenza no es de ahora. La desfachatez no es de ahora. La mala costumbre no es de ahora.

Lo que sí es de ahora es el desgaste de la maquinaria política, tan cansada como la propia sociedad. Aburridos ya de ver siempre la misma versión de la misma película, con los mismos diálogos, los mismos planos y los mismos escenarios. La gota que colma el vaso, insisto, no siempre es la más grande.

Así que la moción de censura que el pasado viernes puso a Mariano Rajoy en la calle -tuvimos dos veces la oportunidad de hacerlo desde las urnas y no lo hicimos- no ha sido más que el último capítulo de la crónica de una muerte anunciada que, sin embargo, nunca pensamos que llegaríamos a ver. Un capítulo que, además, nos sitúa en un nuevo escenario, en un Gobierno inestable, con un presidente con menos papeles que una liebre -disculpe la comparativa, pero ya tengo una edad en la que me puedo permitir ciertas licencias- y unos presupuestos generales elaborados por el Partido Popular que salieron adelante con el apoyo de los nacionalistas vascos -que votan lo mismo los presupuestos, que la moción de censura- y con el aliento de Podemos en la nuca.

Durante seis años y medio, Mariano Rajoy ha sido el presidente de la crisis, el presidente de los recortes, el de las miserias públicas, el de los “casos aislados” de corrupción, el del problema catalán… actuando siempre de la misma manera. Esperando, en mitad de la tormenta, a que pasara el temporal. Y no le ha ido mal. En esos seis años y medio, hemos asistido atónitos -casi siempre- a la ceremonia de la confusión. “Ha sido un honor dejar una España mejor de lo que encontré”, dijo al despedirse del Congreso de los Diputados; según se mire, ¿no? Porque hace seis años y medio no estábamos peor que ahora. Rajoy evitó la intervención económica de España y evitó - ¿la evitó? - la independencia de Cataluña. Pero no fue capaz de convencer al parlamento para la investidura en su segundo mandato - ¿cuántas veces tuvimos que votar? - ni ha sido capaz de eliminar la sospecha de corrupción de su partido.

Roma, decían, no paga traidores. Y después de la sentencia de la Gürtel, -tras los escándalos mediáticos de Cifuentes y de Zaplana- el Partido Popular lo tenía muy difícil para seguir manteniendo su postura.

Seguro que Pedro Sánchez no será el mejor presidente del Gobierno, seguro que los abrazos después la votación se tornarán pronto en puñalada, seguro que los apoyos y las lealtades serán más pronto que tarde reproches y enemistades… Seguro. Pero mientras tanto, Pedro Sánchez habrá escrito una página nueva en la historia de nuestra democracia.

Una página suscrita por una gran mayoría de españoles, hartos, aburridos, cansados, que movidos por un espíritu crítico y saludablemente democrático han obligado a que el partido popular eche el cierre a una época bastante extraña. Esto es todo, amigos.

A ver qué pasa ahora.