Antonio Papell - OPINIÓN

El doble entierro de Rajoy

Es indudable que el conflicto se ha generado por la defección democrática del también corrupto nacionalismo catalán

Antonio Papell
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Mariano Rajoy fue defenestrado porque el cúmulo de argumentos en su contra, con la incontrolada corrupción del partido en primer lugar, alcanzó una masa crítica determinada, que posibilitó el éxito de una súbita moción de censura capaz de aglutinar en un momento a toda la oposición salvo Ciudadanos, que pretendía sustituir al gran partido de centro derecha pero no después de un incidente parlamentario traumático sino por la consunción natural del PP en imparable declive.

Se equivocaría en todo caso quien pensara que el único factor que ha auspiciado el primer entierro de Rajoy, que ha representado su retirada de la política, ha sido la corrupción: también ha influido su inoperancia, su incapacidad para ver que la aplicación de terapias duras contra la crisis generaría un insoportable malestar social si no se compensaba con ciertas concesiones, con determinadas sutilezas que mitigasen el dolor de los más integrados y redujesen la irritación de los más dolientes. Y, por supuesto, su incompetencia -seamos claros- al gestionar el principal problema de Estado, la cuestión catalana.

Es indudable que el conflicto se ha generado por la defección democrática del también corrupto nacionalismo catalán, que ha querido tratar de aliviar sus responsabilidades por el procedimiento de zafarse del Estado rompiendo con él, pero también lo es que el diferendo se podía haber limitado e incluso reconducido si al otro lado hubiera habido un gobierno receptivo, inteligente, capaz de dialogar políticamente y de arrastrar a una parte notable de la opinión pública. Rajoy, con su fría inhibición, se ha puesto enfrente de la ciudadanía catalana (aun del sector mayoritario no nacionalista) y ha sido incapaz de introducir la política en el diferendo, que hoy discurre por peligrosos e infecundos vericuetos judiciales.

Pues bien: la evidencia de su escasa capacidad de hacer política, de su visión exclusivamente pragmática de lo público, de su invencible resistencia a contraer riesgo alguno en una negociación, ha causado el segundo entierro de Rajoy, esta vez a manos de sus conmilitones.

El Partido Popular real, que no tenía mucho que ver con aquel gigantesco partido de masas que la cúpula de Génova creía ver en sus ensoñaciones, ha decidido prescindir no sólo del personaje, epígono de Aznar, que lo ha guiado durante 14 años sino también de su efigie, de su sombra, de su talante aséptico y de sus vacíos ideológicos. Y, tras echar de la primera línea a quienes se proclamaban sus herederos, con Soraya Sáenz de Santamaría a la cabeza, ha colocado al frente a un joven halcón de la escuela de FAES que ha rescatado los criterios más duros de la derecha europea y que, en cuestión de horas, ha empezado a lanzar un discurso ideológico muy concreto: cierre de fronteras a la inmigración (aquí no caben todos), mano dura con los catalanes (al menor exceso, artículo 155 otra vez), y regreso a la ortodoxia moral, con cuestionamiento de la ley del plazos que regula e aborto y de la sustitución de la religión obligatoria por una asignatura de civismo laico en las escuelas. Se entiende todo: tras la blandura de Rajoy, llegan los valores de quienes rebasan a Merkel por estribor y de los que están redescubriendo un europeísmo introspectivo y xenófobo en los países del Grupo de Visegrado.

El primer entierro de Rajoy era seguramente inexorable. Y en cuanto al segundo, es una mala noticia para este país, mayoritariamente centrista -lo saben los sociólogos políticos- y en el que una derecha dura y radical difícilmente estabilizará la política, ni en el poder ni en la oposición. La derecha ausente en la larga etapa de Rajoy era la creativa, la capaz de conciliar un clima de intensa libertad económica con los mecanismos de solidaridad y de rescate de los menos favorecidos, la celosa de los derechos civiles fundamentales y la dispuesta a participar activamente en la modernización del país. Modernización que, en Cataluña, podría ser la herramienta de la reintegración pacífica de los disidentes al marco constitucional.

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