OPINIÓN

Diada amarilla

Al parecer, a nuestros conciudadanos nacionalistas del nordeste de la Península los tenemos amordazados y les hemos quitado su libertad de expresión

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A diferencia del resto de los países, que siempre están dando la murga con sus éxitos y sus victorias, en España se tiene por costumbre inveterada el celebrar los fracasos y las derrotas; debe ser la manifestación de algún gen extraño y acomplejado que nos identifica, y acredita como tal, a todos los españoles. Y así resulta que, por ejemplo, olvidamos a Blas de Lezo y la defensa de Cartagena y, por el contrario, celebramos por todo lo alto la derrota de Trafalgar como si fuéramos londinenses en lugar de gaditanos. La expresión de ese gen es patognomónica de todo español que se precie de serlo.

En algún que otro lugar de nuestra geografía se ha propuesto que, en las tradicionales fiestas de Moros y Cristianos, se altere la programación para que cada año, y alternativamente, ganen unos y otros; el que siempre ganen los cristianos no es propio de nuestra idiosincrasia nacional. Otro botón de muestra, la celebración festiva del Día de Cataluña, en conmemoración de la derrota de Barcelona defendiendo a la monarquía tradicional española frente al aspirante francés, durante la guerra de Sucesión. Como para que digan algunos que los catalanes no son, intrínseca y genuinamente, españoles. Hoy, precisamente, todos estaremos pendientes de cómo se desarrolla esa Diada, con sus reivindicaciones nacionalistas e independentistas, por las calles de Barcelona.

Como a los catalanes, igual que al resto de los españoles, lo de organizar marchas nos pone una barbaridad, los actos se iniciaron ayer con una manifestación, presidida por Quim Torra, llevando hasta el Palacio de la Generalitat, junto a la bandera catalana, la tradicional Señera de los Reyes de la Corona de Aragón, una llama que aspira a devolver la luz a la silenciada Cataluña. Y es que, al parecer, a nuestros conciudadanos nacionalistas del nordeste de la Península los tenemos amordazados y les hemos quitado su libertad de expresión, como bien pueden comprobar los que se animen a conectar con TV3. De ahí, también, el cartel de la Diada de este año, que hace pocas semanas presentó la consejera Elsa Artadi, con las barras rojas de la bandera catalana tapadas con cinta adhesiva; puestos a ser simbólicos, y según las apreciaciones de los nacionalistas, las cintas adhesivas se tenían que haber puesto sobre las bandas de color amarillo, ese color secuestrado que han hecho suyo los independentistas catalanes. Una muestra más de contradicción típicamente española.

Para hoy, la Asamblea Nacional Catalana, esa organización privada de nombre tan rimbombante y con enorme desahogo económico, gracias al españolísimo sistema de subvencionismo público, tiene organizada otra marcha para la que ha alquilado 1.500 autobuses y preinscrito ya a 400.000 participantes; es mejor tener contados a los que dicen que van a ir que contar después a los que van. Y, además, así controlan mejor los metros de cinta amarilla para repartir. Lo que no alcanzo a comprender es la elección de ese color para sus reivindicaciones.

Porque a ver que tendrá que ver la ANC con el Cádiz o que relación puede haber entre Puigdemont, la Carmen Forcadell o el Oriol Junqueras con la familia Pepperoni, a no ser que se trate de la identificación subconsciente con el tipo de la chirigota gaditana.