OPINIÓN

El derroche y el ejemplo

El uso de dinero público para gastos de afines resulta más llamativo cuando lo realizan los que clamaban contra supuestos privilegios

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Una de las principales consecuencias de la reciente, y profunda, crisis económica, así como del fenómeno de las protestas ciudadanas aparecido a inicios de esta década, fue un cambio de concepto de los gastos públicos. Los dispendios realizados entre directivos de las grandes empresas pero, sobre todo, en las instituciones públicas –con cargo al dinero de todos– se convirtió en algo intolerable. Los llamados gastos de representación, las dietas, las comidas pagadas e incluso los coches oficiales se convirtieron en sinónimo de privilegio analizado con lupa. Sólo lo muy necesario y justificado se considera tolerable. El resto forma parte de lo escandaloso. El descontento ciudadano por los efectos de la recesión marcó un hartazgo que no acaba.

Una nueva forma de hacer política, teóricamente popular o populista, aprovechó ese malestar tan justificado contra los representantes públicos e hizo bandera de la lucha contra esos supuestos derroches, contra el dispendio de dinero público en cualquier administración. Por eso resulta más escandaloso que sean precisamente esos que alzaban la voz contra lujos y derroches los que ahora se reparten dinero público que podría tener mejor destino y, sobre todo, que se distribuye de forma arbitraria y sectaria. Es decir, los elegidos para participar en unos cursos bien pagados son «los nuestros», cuando no directamente «nosotros», asesores, colaboradores y amigos del nuego Gobierno local de Cádiz. Los que parten y reparten se consignan a sí mismos una partida, de unos 10.000 euros, que podría solventar muchos problemas en muchas familias... Por seguir con el discurso que Podemos usó para llegar a la Alcaldía de Cádiz.

Son gastos de manutención, representación y desplazamiento de algunos de los ponentes que participaron en recientes cursos de verano y que, casualmente, están directamente dirigidos a miembros del equipo más cercano al alcalde de la ciudad, José María González Santos ‘Kichi’. Concretamente, a su jefe de Gabinete y mano derecha en el Consistorio: José Vicente Barcia Magaz –al que en el Ayuntamiento apodan «alcalde»– y a su asesora en la Diputación de Cádiz, Alba del Campo, que también es su pareja. Son dos ejemplos de que resulta mucho más fácil pregonar y predicar que practicar la humildad y la contención con el ejemplo personal. Es más fácil hablar que practicar.