OPINIÓN

Checkpoint Puertatierra

No se frote los ojos, la realidad de esta página es tan triste como parece

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No se frote los ojos, la realidad de esta página es tan triste como parece. Este domingo veraniego viene con la mala, pésima, dolorosa noticia de que en lugar de aparecer las precisas palabras de Pepe Landi llegan las atorrantes letanías de Latorre. El descubrimiento, le entiendo querido lector, le habrá generado el impulso de salir despavorido a leer cualquier otra cosa pero –ahora entiéndame usted a mí, hemos venido a jugar–, trate de imaginar que una fuerza invisible le impidiera abandonar los párrafos. Póngase en el caso de que llegara usted al punto final de esta columna de opinión después de una travesía ingrata por metáforas gastadas, símiles tramposos y referencias pícaras de dudoso gusto y, al llegar al punto final, se encontrara una aduana en la que le dijeran que no, que debe quedarse usted a vivir en estas letras conocidas e incómodas, como si del protagonista de ‘Niebla’ se tratara.

Sigamos imaginando. Su suerte sortea el sortilegio y retoma su rutina. Ha llegado la hora del partido y pasa usted de la lectura al balón. Pero de nuevo, la maldición. Un checkpoint levantado en Puertatierra le impide seguir avanzando. Sus documentos (el carné del Cádiz, el del club DÍA y un bonobús con la imagen de Teófila inaugurando una rotonda) no sirven de nada. De aquí no pasa, le dice la autoridad, que no entiende eso de que su hermano le espera en La Laguna y de que quería usted pasar antes por Zamacola para que le vieran un bulto.

En una de las pausas que se toma Dios mientras nos ahoga, usted consigue que Juan, el listillo que tiene una barca en La Caleta, le pase por la noche hasta la playa de Santa María, donde llega empapado y muerto de frío. Cuando va andando por el Paseo, los vecinos le ofrecen buenas palabras pero le niegan amables acciones. Aquí no cabemos, me da pena, pero no me fío. Es diferente, dice «estijera».

Puede usted llegar tan lejos en este particular viaje de Ulises como le permita el pasaporte de su imaginación. Ahí no encontrará usted los muros, verjas y guardianes que pueblan el mundo real, lleno de carteles de ‘no pasar’ llamados Estados Unidos, Israel, Hungría o Tarifa. Pero está usted de suerte, la frontera para salir de este artículo de opinión ya está abierta.

ANDRÉS G. LATORREANDRÉS G. LATORRE