Bolitas

Por mucha capacidad que tuviera la copa, jamás podría acoger a tal cantidad de pobres

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Vía Whatsapp recibo un vídeo enviado por un amigo en torno a la imposibilidad de mantener el actual ritmo de acogida de inmigrantes por parte de los Estados Unidos. Conferencia ofrecida por Roy Beck, periodista fundador y presidente de la organización NumberUSA, que pretende reducir el número de inmigrantes, tanto ilegales como legales, a este país norteamericano.

Sus argumentos en este sentido están cargados de razón, resultan absolutamente convincentes y son además atractivamente ilustrativos. Utiliza coloreadas bolitas de chicle para mostrar al auditorio que los EEUU han acogido cada año, desde 1990, un promedio de un millón de inmigrantes, es decir, esa bolita de chicle que deposita en una copa de cristal. Frente a esta, y utilizando datos ofrecidos por el Banco Mundial, va sacando tarros enteros repletos de bolitas, representado cada una un millón de esas personas que en el mundo entero sobreviven por debajo del umbral más absoluto de la pobreza: menos de dos dólares al día.

Junto a la copa con su bolita, va apilando uno encima de otros los frascos multicolores correspondientes a África, India, China, el resto de Asia y Latinoamérica. En total un muro de tarros con las casi tres mil bolitas de los casi tres mil millones de personas que apenas tienen cada día un mendrugo de pan, o un puñado de arroz, que llevarse a la boca. Su planteamiento resulta obvio. Por mucha capacidad que tuviera la copa, jamás podría acoger a tal cantidad de pobres. Con el agravante de que cada año, por cada millón de emigrantes aceptados, se produce un incremento demográfico natural de otros ochenta millones de persona en ese mismo depauperado sector de la población mundial. Su propuesta es la de ayudar a ‘florecer’ a esos miserables en sus países de origen.

Su tesis está en consonancia con las últimas actuaciones de la administración Trump para reducir el flujo migratorio en la frontera con México. Claro que esta tesis descansa, sin mencionarlo, sobre la asunción de que este estado de desigualdad es sostenible sobre la frágil base de esa ayuda que los países del Primer Mundo debe procurar a los hambrientos para que acepten seguir muriendo en el sitio donde han tenido la desdicha de nacer. Mientras tanto, el Primer Mundo podrá continuar explotando los recursos naturales y humanos de aquellos países por medio de sus multinacionales energéticas, su producción industrial con mano de obra esclava, sus despiadadas organizaciones financieras, FMI o ese mismo Banco Mundial que acuden a darles el tiro de gracia económico a cambio de créditos que hipotecan para siempre sus preciadas fuentes de recursos.

El crecimiento demográfico humano es un problema de proporciones tan apocalípticas que sólo podrá tener catastrófico arreglo con la caída del sistema social que lo ha propiciado, ocurra esto cuando ocurra. La diferenciación de la sociedad por funciones, es decir, la organización del sistema social mundial en diferentes subsistemas que ofrecen, de manera independiente, soluciones a los problemas planteados en sus respectivas áreas de actuación, está en origen del vertiginoso desarrollo político, económico, jurídico, educativo, científico o tecnológico en que se encuentra el mundo en que vivimos. La eficacia de la labor autogobernada de cada uno de esos sistemas nos va a llevar a morir de éxito. La desproporción entre ricos y pobres está condenada a seguir aumentando hasta el momento en que los primeros apenas constituyan unas solitarias bolitas de chicle en medio de la barahúnda de las coloreadas pero miserables de toda una población mundial en busca de alimento.