OPINIÓN

Atletas

Indira y Brian son dos de los muchos atletas cubanos nacionalizados que compitieron bajo pabellón español

Ramón Pérez
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Parafraseando, y dándole al mismo tiempo la vuelta a la sentencia de Francis Bacon, diremos que si Mahoma no puede ir a Cuba, entonces que Cuba venga a Mahoma. Viajar a la antigua colonia es uno de mis sueños irrealizados. Mientras se concreta o no, como sucede con el tejido de todos los sueños, me conformo con la amistad de Indira y Brian. Indira y Brian son dos de los muchos atletas cubanos nacionalizados que compitieron bajo pabellón español. Ahora, concluidas sus carreras deportivas, se ganan la vida en el no menos competitivo mundo de la hostelería.

Repudiados por el régimen castrista por aquello de criar el pollo para que otro se coma el gallo, mirados con recelo por los deportistas nacionales como intrusos que cortan sus propias proyecciones deportivas, utilizados por nuestro gobierno como solución para la consecución de medallas low cost, estos jóvenes se encuentran ahora en la necesidad de rehacer sus vidas una vez agotado el filón de sus éxitos deportivos. A mí, Indira y Brian me traen los ecos melodiosos de su deje antillano y toda la riqueza humana aquilatada en su sangre caribeña.

Indira sufrió el precipitado y doloroso final de su carrera cuando su talón de Aquiles, sometido a la exigencia del estrés de la alta competición, saltó por los aires después de contribuir con platas y bronces como velocista al palmarés de nuestro país. Ahora, con sus ágiles piernas de gacela mulata, recorre hasta la madrugada el duro tartán de la terraza donde sirve copas con una sonrisa campeona entre sus labios. Brian, tras cruzar el país de norte a sur, recaló en Cádiz capital, donde ha reconstruido su vida familiar, ratificando el antiguo pacto gaditano-habanero con la belleza mestiza de una hija cuya foto muestra con orgullo.

Ambos hablan con irremediable nostalgia de su infancia en las calles de La Habana. Ser nieto de Néstor Milí Bustillo, director musical del famoso grupo Los Zafiros, le facilitó a Brian una relación cercana con los prebostes del partido y su afiliación a la Unión de Jóvenes Comunistas, puerta de acceso directo al poder político. Poder que rechazó a cambio de la oportunidad de salir de la isla. Me habla de cómo los niños vigilaban para no ser sorprendidos por la policía mientras los mismos agentes sorbían gasolina de los coches patrulla para reintroducirla en el mercado negro. Indira me cuenta que de vuelta a Cuba, cargaba con maletas repletas de ropa adquirida a bajo precio durante sus desplazamientos, para revenderla y ayudar con ello a la maltrecha economía familiar.

Economía de la miseria que, no obstante, confiesan, no supone obstáculo para la felicidad. Me conquista la riqueza humana inscrita en esta gente de cultura mixta y sangre entremezclada. Envidio su visión de la vida ajena cualquier manifestación de la pureza, ya sea racial o cultural. Quizás maneje un concepto demasiado idílico de Cuba, de su enclave paradisíaco y del carácter apacible de su gente, pero Indira y Brian me confirman que la realidad, por más que distante, quizás no esté tan alejada de mi sueño.

No sé si podré dar algún día forma real a mi deseo de ir a Cuba, pero por ahora me tendré que conformar con que Cuba venga a mí de la mano de estos amigos que me hablan con franqueza de historia compartida y me preparan con espontánea simpatía un mojito con sabor a su tierra en esta otra orilla del océano.

Ramón PérezRamón PérezArticulista de OpiniónRamón Pérez