Yolanda Vallejo - HOJA ROJA

Antes la muerte que la fuente

De una sola pasada aprendemos historia, nos hidratamos, le damos de beber a los perros y nos convertimos en la ciudad más progrifo de cuantas existen

Yolanda Vallejo
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Estoy convencida de que más pronto que tarde se estudiará en las facultades de Sociología y en Ciencias Políticas de este país, el efecto devastador de Barrio Sésamo sobre la generación nacida en los ochenta. No es la primera vez que lo digo, ni será la última –me autoplagio tanto como quiero-, porque aunque a toro pasado resulta muy fácil hablar, no era muy difícil aventurarse a las consecuencias que traería todo aquel batiburrillo de animales, muñecos de peluche y papis colegas que pululaban por el programa infantil más visto de todos los tiempos.

Y no crea que lo digo por Epi y Blas, que salen y entran del armario cada cierto tiempo para escándalo de sus creadores y para tortura de los que nunca soportamos al muñeco naranja y su extraña manera de entablar conversaciones profundas a las tantas de la madrugada «Blas, Blas, ¿estás dormido, Blas?» y tampoco lo digo por la pedagógica manera de contar del conde Draco –de aquellos números suelen venir estos presupuestos-, ni siquiera por Chema, el panadero que hacía que la plazoleta oliera a pan recién hecho cada mañana y en el que, seguro se inspiró nuestro alcalde en aquel sentido discurso de investidura del que siempre procuro acordarme cuando paso por el Campo del Sur.

Que va. Lo digo porque me preocupa mucho el camino sin retorno hacia el barrio Sésamo que estamos tomando en esta ciudad. Si se acuerda usted –que claro que se acuerda- aquellos niños asamblearios llamaban a sus padres por el nombre de pila y tuteaban a todo el mundo, ya fuese de especie humana, animal o vegetal. Todo lo votaban, todo lo discutían –casi siempre cantando, como en una versión progre de los von Trapp-, todo lo razonaban en aquella Arcadia inexistente; y claro, tantas horas de televisión viendo lo mismo, terminan por pasar factura. Y la Arcadia churretosa se hizo carne y ahora habita entre nosotros.

Primero nos hicimos ciudad amiga de los niños y de los animales. Qué guay. Sobre todo porque teníamos pocos niños de los que hacernos amiguitos pero muchos animales a los que demostrar nuestra filiación. Fuera los circos –eso siempre se agradece, la verdad-, y las cabalgatas de Reyes con ocas y ovejas descarriadas; y bienvenidos los parques caninos, los alimentadores de gatos y el comercio pet friendly –ya sabe de mi querencia franciscana, qué le voy a hacer.

Luego vendría la peatonalización, y aunque me considero fiel devota de don Pío Baroja y soy, como él, de las que no voy a ningún lugar del que no pueda volver andando, no dejo de reconocer que -nunca mejor dicho- los intentos de peatonalización se han hecho con los pies antes que con la cabeza. Cerrar al tráfico plazas como la de Argüelles tampoco tiene demasiada incidencia en una ciudad en la que las calles del centro parecen, a determinadas horas, el circuito del Jarama. Porque pasa lo que pasa siempre, que nos aprendemos muy bien la teoría, pero nos suspenden siempre en la práctica.

No hay una cultura peatonal, no hay conciencia ciudadana de la importancia de recuperar las calles y las plazas para el peatón y sí sigue existiendo la idea peregrina de que el coche nos debe dejar en la entrada misma del salón de casa. El movimiento, incluso el de piernas, se demuestra andando y educando a la ciudadanía, dando respuesta a las preguntas de la ciudadanía real, no a las preguntas de los niños de Barrio Sésamo. ¿Dónde se aparca? ¿Qué hacemos con las personas mayores con problemas de movilidad? ¿Qué se considera carga y descarga? y cosas por el estilo. Porque un Día sin Coche lo aguanta todo, pero la ciudad se pone en marcha todos los días. Así que del carril bici casi que ni hablamos.

La teoría es fantástica, una ciudad a dos ruedas, sostenible, civilizada, ética y épica, la Ámsterdam del Sur… pero la realidad vuelve a ponernos contra nosotros mismos. A la poca cultura ciclista que tenemos, hay que sumar la mucha incultura cívica y el mal uso que hacemos del carril que tiene hipotecado el perímetro de la ciudad.

Una ciudad que de la noche a la mañana se convierte en una de las ciudades con más fuentes públicas de toda Europa. ¡Qué bonito!, los gaditanos y las gaditanas no solo tendremos una fuente de agua potable y sostenible cada cinco minutos –tendrán que poner baños públicos, porque con tanta agua… -en los 'puntos calientes de tránsito'- sino que además serán unas fuentes con diseño antivandálico y evocador de nuestra propia historia –he visto el modelo y es muy parecido al que hay en otras muchas ciudades, pero en fin, no vamos a pasarle el turnitin también a las fuentes-, así que de una sola pasada aprendemos historia, nos hidratamos, le damos de beber a los perros –habrá que tener cuidado de dónde beben los niños, además- y nos convertimos en la ciudad más progrifo de cuantas existen.

Está todo muy bien. Las ciento veinte fuentes son 'un derecho humano', y muy de Barrio Sésamo, además. Lo que se nos olvida, a veces, es que tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe. Pero eso es ya otra historia.

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