40 de mayo

Un comentario recorre las frescas tertulias de poniente en Cádiz

Julio Malo
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Un comentario recorre las frescas tertulias de poniente en Cádiz. Cuando ya una incierta primavera conduce al estío, la temporada de baños no termina por consolidarse, entre vaivenes de los vientos, lluvias ocasionales, y retrasos de obras que renuevan ese largo perfil oceánico entre los cordones dunares de Cortadura y las islas caleteras de San Sebastián y Santa Isabel; circunstancias que desatan ansiedades en una ciudad hecha a desprenderse de sayales antes del 40 de mayo, contra lo que dice el dicho, y calzarse el meyba o el bikini; ‘dos piezas’ que le decíamos a éste en nuestra infancia y al cual solo se atrevían las más valientes. Lejos queda ya esa época de plata de casetas y toldos, con la zapata de hormigón que pese a su tosca factura funcionaba como paseo marítimo a nivel de las aguas. Cuando a principios de los ochenta regresé a Cádiz, todo se encontraba muy deteriorado, con las casetas convertidas en sucios almacenes y los servicios de playa degradados. El gobierno de Carlos Díaz acometió una inteligente reforma, por más que algunos criticáramos la fragilidad constructiva de una baranda marítima posmoderna.

Está prevista, aunque ni siquiera ha comenzado, la operación de realimentación de arena, la cual resultará costosa y efímera. Cada cinco años, la deriva litoral, así como la acción de los temporales, alteran el tapiz dorado de la playa, que el propio ciclo de la naturaleza repondría si no se hubiese alterado la configuración de la delicada fachada litoral, mediante desmesurada volumetría. En todo el mundo se ha desatado un feroz negocio de tráfico de arena, devenida en el recurso natural más amenazado después del agua, a causa del codicioso desarrollo de la construcción. En el caso de Cádiz, se aportará arena extraída de un yacimiento submarino en Caños de Meca; actuación muy onerosa que sufraga Costas con fondos públicos. Los temporales de este invierno produjeron además la muerte anunciada de algunos chiringuitos, cuya concesión se había prorrogado para todo el año. De nuevo se han levantado para disfrute de propios y turistas, a base de elevados precios. No debiéramos olvidar que según la Ley, éstos han de ser: efímeros, desmontables y estacionales; por más que a las arcas municipales convengan las tasas que aportan como establecimientos permanentes.

Algo retrasadas se desenvuelven las intervenciones para hacer más amable el recorrido sobre la mar, hasta ahora protagonizado por el ruidoso tráfico rodado que ahoga las sinfonías del océano. Pero al menos avanza con firmeza la política de priorizar al peatón y la bicicleta; en junio, un tramo del carril bici estará listo, lo cual además aumenta el acerado peatonal. Cuando éste concluya su recorrido desde Cortadura hasta Puerta Tierra, podremos decir que Cádiz ha recuperado uno de los paseos más gustosos del mundo, lo sabemos bien quienes durante la adolescencia solíamos disfrutarlo, nuestros ojos se extasiaban en el mar infinito, y apuntando la línea interminable del horizonte, soñábamos en compañía con la Isla del Tesoro. Hubiera sido preferible la peatonalización completa de al menos buena parte del mismo, como es usual en otras ciudades costeras, desde Alicante a Siracusa; tal vez más adelante sea posible. Por lo que se refiere a Tiempo Libre, una espléndida arquitectura para el turismo social, parece un tema perdido. La Junta de Andalucía solo pretende hacer caja, y el Ayuntamiento no lucha por mantener el uso público de la pieza que como Náutica aún reivindica su imponente presencia frente a la mar.

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