El submarino

El separatismo ya no acepta maniobras de anclaje. No quiere soluciones de acoplamiento sino de ruptura, de desamarre

Ignacio Camacho
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En la compleja semántica de la matraca nacionalista, a los moderados y partidarios de la tercera vía les encanta el término «encaje», con el que aluden a un estatus que permita a Cataluña acoplarse en España bajo un sistema de privilegios políticos, financieros y legales que convertirían el modelo territorial en un traje a medida diseñado a base de franquicias regulares. El independentismo pasó hace tiempo esa página y ya no acepta condiciones para quedarse; cualquier oferta que soslaye la autodeterminación la considera humillante. Pero aún quedan terceristas complacientes, convencidos de poder encontrar una solución equidistante, y a ellos se acaba de sumar el Gobierno de Pedro Sánchez con su propuesta de recuperar los artículos del Estatuto que fueron declarados inconstitucionales. Se trata de un compromiso voluntarista, próximo al disparate, que pretende construirle al separatismo una pista de aterrizaje; algo así como esa esperpéntica pretensión de ampliar el puerto de Cartagena para que entre en él un submarino que no cabe. Sólo que en este caso los que no quieren atracar son los propios tripulantes; Artur Mas admitía hace poco en Madrid que esa clase de propuestas ya no les satisfacen.

Sin embargo el Gabinete insiste en su optimismo. Las ministras Batet -profesora de Derecho Constitucional- y Robles -magistrada- van por ahí proclamando con entusiasmo su convicción en esta especie de cuadratura del círculo sin explicar cómo demonios pretenden constitucionalizar un texto que ha sido declarado incompatible con la Constitución por el TC, su máximo intérprete jurídico. El Alto Tribunal desmochó el preámbulo estatutario, se cargó directamente catorce enunciados que afectaban sobre todo al poder judicial y al sistema crediticio, y sometió a interpretación cautelar otros veintisiete artículos. Por muchas leyes orgánicas que alumbre el Consejo de Ministros, validar todo ese delirio soberanista sin violentar la legalidad parece demasiado artificio incluso para la pretenciosa fantasía del Gobierno bonito.

Sucede, además, que a los secesionistas no les preocupa ese debate. No están en el ajuste fino sino en el desparrame; no quieren maniobras de ensamblaje sino de ruptura, de desenganche. Como sentenció Pujol, y demostró la revuelta de octubre, España ha dejado de interesarles y su única estrategia de fondo es la de la independencia más pronto o más tarde. Incluso aunque los más prudentes quisieran replanteársela, no se lo permitiría la presión de la calle. La oferta de contemporización biempensante le puede servir al presidente para una demostración de talante que le ayude a captar votos catalanes, pero el tiempo de la ingeniería política ha pasado; ya no hay margen. El submarino de la mitología separatista ha soltado todos los anclajes y ni su marinería ni sus oficiales van a admitir ningún compromiso que no conduzca al desamarre.

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