Álvaro Martínez

Ada, soluciones habitacionales

Resolver el «problema habitacional» de esos colectivos ha sido la segunda preocupación de Colau al tomar la vara. La primera, si recuerdan, fue llenar el Consistorio de amigos

Álvaro Martínez
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Tan preocupada está Ada Colau por la cuestión inmobiliaria que desde que, a lomos del escrache, llegó al Ayuntamiento (donde solo tiene 11 de los 41 concejales del Consistorio) no deja de comprar edificios que, una vez rehabilitados a la última, entrega a grupos y colectivos afines a su causa, ese populismo de izquierdas con recurrentes risotadas y lisonjas al separatismo para quitarse, quizás, el complejo ante «los indepes pata negra». Al menos eso opina parte de la oposición municipal, que se asombra de la facilidad con la que la dirigente tira del dinero de todos los barceloneses para gastar, por ejemplo, 4,7 millones en adquirir y poner mono el «Ateneu Sagrada Familia»; 5,7 millones en el «Ateneu Harmonia», para acoger, entre otros, a los «yayoflautas», esos podemitas eméritos; un milloncejo más en el Bloc 17, donde camparán a sus anchas la CUP, Arran, Endavant y los Comités de Defensa de la República… Migajas si los comparamos con los 9,1 millones desembolsados en Can Seixanta, que es algo así como la Torre Trump de Colau, solo por lo que ha costado, claro. Sumando, al menos 35 millones de euros en dar acomodo y confort a entidades en cuyos sitios web lo primero que te encuentras es un par de manifiestos denunciando los «presos políticos».

Resolver el «problema habitacional» de esos colectivos ha sido la segunda preocupación de Colau al tomar la vara. La primera, si recuerdan, fue llenar el Consistorio de amigos, familiares, amigos de los familiares y familiares de amigos en los puestos de libre designación. Se cuentan por decenas. El último en llegar, que ya estaba tardando, ha sido el hasta ahora portavoz de su querida PAH, que se incorpora para reforzar «los temas de vivienda y la lucha contra la gentrificación», a razón de 51.000 euros brutos al mes. Pagan los barceloneses.

En el «mundo Colau», afines y amiguetes son siempre bienvenidos. No así el Rey, cuyo busto se resiste a devolver al Salón de Plenos -de donde lo retiró por las bravas- en cumplimiento de una sentencia que así lo ordena. La alergia a España y sus símbolos de los llamados pomposamente «comunes» es proporcional a su pulsión antisistema y su propensión a la sandez jurídica cuando le vienen mal dadas. Escuchen a Xavier Domènech: «La sentencia del busto violenta la soberanía del pleno de Barcelona para decidir qué símbolos quiere representar». Eso ayer, pero recuerden a Pisarello, mano derecha de la alcaldesa, intentando arrancar la bandera de España del Ayuntamiento con la saña de quien quita los hierbajos de un huerto urbano. Donde esté un okupa...

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