Sepultureros

En España ya se pide a los enterradores que dominen el idioma regional

Luis Ventoso
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Los sepultureros más famosos de la historia nunca existieron. Son la pareja de sagaces rústicos que aparecen afanados sobre la tierra con sus azadas en el acto V de Hamlet. Shakespeare, aquel milagro que compendió todos los tipos y humores humanos, los dota de una ironía cómica, donde late esa sagacidad tan propia de los viejos y desconfiados pueblos labriegos. Ofelia, la infeliz enamorada de Hamlet, se acaba de suicidar ahogándose. Uno de los enterradores, el más quisquilloso, se pregunta «si ha de sepultarse en tierra sagrada a la que deliberadamente ha conspirado contra su propia salvación». El otro, puro sentido común, lo conmina a que se deje de zarandajas: «Yo dígote que sí, así que cava presto el hoyo».

A continuación debaten sobre qué oficio crea obras más consistentes, si será el del albañil, el calafate o el carpintero, y uno de ellos da esta respuesta: «Es el que construye horcas, porque esa construcción sobrevive a mil inquilinos». Pero el otro sale en defensa del oficio de sepulturero: «Pues no. Es el enterrador, porque las casas que construye duran hasta el juicio final». Cavando y cavando, encuentran el cráneo del viejo Yorick, el bufón que hacía reír a Hamlet en su infancia. El atormentado príncipe de Dinamarca, que por allí anda, se estremece y toma la calavera en su mano. Shakespeare muestra entonces su maestría. En un instante el tono zumbón de la escena cambia por completo y llega el monólogo más célebre jamás escrito, el ser o no ser, donde Hamlet medita sobre la vana, efímera, desoladora condición humana.

Luis VentosoLuis VentosoDirector AdjuntoLuis Ventoso