El PP busca sucesor a Rajoy

Álvaro Martínez

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Según se marchaba Mariano Rajoy de Génova, ese tótem, casi todos los focos y los micrófonos se detuvieron para iluminar o rodear a Alberto Núñez Feijóo, que muchos consideran el mejor candidato para encarar la resurrección de ese Lázaro y su progresiva puesta en forma para intentar el regreso al poder. De todos los dirigentes que ahora mismo gobiernan en España, el presidente de la Xunta es el único que ha conseguido ganar unas elecciones con mayoría absoluta en la última década, un reto casi homérico tras la irrupción de lo que se ha dispuesto en llamar «la nueva política», con flauta o traje de Emidio Tucci o sin ellos. Ganar con esa solvencia no es un mérito menor... aunque en esta España desconcertante para tocar poder tampoco es un requisito imprescindible ni ganar, simplemente ganar. Miren si no a Pedro Sánchez, que ha perdido todos los comicios a los que se ha presentado (los dos) y ahí lo tienen, habitando en La Moncloa.

En su emocionada despedida, Rajoy vino a recomendar al partido que en este proceso de sucesión unos y otros eviten sacarse los ojos, pues sabe que es costumbre muy española emplearse a fondo con el compañero cuando este puede estorbar en la carrera. Él, evidentemente, no tuvo ese problema. En 2003 fue un «sucesor designado» por el dedo (por entonces todopoderoso) de su antecesor, José María Aznar, el mismo que desde hace años y hasta ayer mismo no deja de meterle ahora ese mismo dedo en el ojo. Es célebre asimismo el desencuentro entre Sáenz de Santamaría y De Cospedal, distancia casi sideral que quedó retratada en aquella foto de la silla vacía de Sol y que, metafóricamente, colocaba a una en Boston y a la otra en California, en un extremo y otro.

Feijóo se ha salvado hasta el momento de los rifirrafes y pendencias preliminares en los que se ha venido entreteniendo el PP. Nadie le ha sacado cantares sobre si es «sorayista» o «cospedaliano» y él ha sabido sortear los charcos a los que otros tienen chapoteante adicción. Pero no debe confiarse, Caín puede acechar con la quijada a la espalda, paciente, esperando en cualquier esquina.

Sin duda, la pregunta es ¿ahora quién? Pero una vez resuelta esta incógnita, ese nuevo PP del «postmarianismo» debe contestar ¿y ahora qué?, es decir, la propuesta que lanzará a los españoles para recuperar su confianza. Pero para ver el futuro con claridad es esencial no sacarse los ojos.

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