Opinión¡Nekanes a suiza!

Llegó Anna Gabriel a Suiza y era otra. La del flequillo cortado con hacha se había puesto en Modo Inés Arrimadas

Antonio Burgos
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Las que estaban, digamos, en Modo Anna Gabriel fueron llamadas durante mucho tiempo «Las Nekanes», modelo estético de las políticas de Bildu e islas adyacentes de la ETA. Caracterizábanse por llevar el pelo como lo que antiguamente se llamaba «a lo Colón», pero con el flequillo cortado a hacha, y con los más extraños teñidos y mechas, ora color mazorca, ora morado, ora naranja. Sobre otros aspectos éticos de su actuación política llamaban siempre la atención los estéticos de su apariencia. Agraciadas no eran ciertamente las muchachas, y no se les ocurra acusarme de machista por constatar simplemente un hecho. Es como si me llaman astrónomo por apreciar que el sol suele ponerse al atardecer.

Desde que Bildu y sus otros satélites del sistema planetario de la ETA se integraron incomprensiblemente en las instituciones, dejó de hablarse, no sé por qué, de las Nekanes. Como también bajó mucho el Índice Nekane entre las diputadas, alcaldesas y concejalas de Podemos y Mareas conexas, que eran también especialistas en hacer la competencia a Picio con sus peinados de pelorratas, sus tintes y mechas incluso fosforecentes en algunas ocasiones. Y con un atuendo de tal naturaleza que, vamos, Decathlon era Christian Dior al lado de la ropa puerca que, como sacada de un contenedor de caridad para Cáritas, vestir solían. Como una síntesis de toda esa historia de lo espantosamente zarrapastroso en la política española, nos quedaba Anna Gabriel como modelo de «fealdad de fealdades y todo fealdad». Me intrigaban sus dobles camisetas, como en competencia con los famosos siete calzoncillos de los que habló Iñaki Gabilondo en la triste ocasión del 11-M. Anna Gabriel llevaba dos camisetas, dos. Por dentro, una blanca de manga larga, como las antiguas de felpa de nuestros bisabuelos por el invierno; y sobre ella, otra de manga corta, a ser posible con algún lema reivindicativo al pecho, si no con la imagen de Che Guevara, especialista en fusilamientos. Nunca se le conoció chaqueta como la de Angela Merkel (que también se las trae la chaquetita dichosa de la germana), ni vestidos de las rebajas de Zara o de sus otras marcas de moda.

Todo era así, hasta que salió «Juannajela de Levante», que diría mi maestro Beni de Cádiz, hacia Suiza, del mismo modo que el del tocho de fregona en la cabeza había cobardemente huido a Bruselas. Llegó Anna Gabriel a Suiza y era otra persona. La radical, la antisistema, la del flequillo cortado con hacha, la de las dos camisetas, había desaparecido y se había puesto poco menos que en Modo Inés Arrimadas. La transformación, ¿do se fizo? ¿En España, para disfrazarse al salir por la frontera, del mismo modo que Santiago Carrillo se puso la peluca para entrar por ella? ¿O la metieron en el cajón de curas ya en helvética tierra, y de una tía gamberra hicieron lo que se llama una señorita? ¿O fue al «Cámbiame» de Tele 5 para que le saliera más baratito? ¿O es cosa de Proyecto Hombre?

En Suiza, donde hasta ahora sólo podían presumir de haber inventado el reloj de cuco y la fuga de divisas deberán en adelante alardear de saber cambiar a las Nekanes en pijas de toda pijez, quitándoles toda la ferretería del «piercing» antisistema y dejándolas presentables. Se demuestra así que se puede ser de izquierda, separatista catalana y prófuga de la Justicia sin ir hecha un adefesio. Ojalá aprendiera el modelo Pablo Iglesias, sin necesidad de huir a Ginebra, pues acude en mangas de camisa a las Cortes, órgano de la soberanía nacional, y se alquila en cambio un esmoquin para los Premios Goya, órgano de la mamandurria nacional. Tan impresionado estoy por el Efecto Heidi que Suiza ha operado en Anna Gabriel que estoy por decirle que se quede allí para siempre. Y si de paso se lleva a Gabriel Rufián, ni te cuento.

Antonio BurgosAntonio BurgosArticulista de OpiniónAntonio Burgos