Ignacio Ruiz Quintano

Mogambo

El delito catalán es excepcional, pero a los paridos el estado de excepción del 116 les suena a Franco

Ignacio Ruiz Quintano
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«Mogambo», de John Ford, es un adulterio de Clark Gable y Grace Kelly famoso porque la censura, para evitar el adulterio, cayó en el incesto mediante la manipulación de los diálogos que convertía en hermanos al matrimonio Grace Kelly-Donald Sinden.

–Si quieres mantenerte en la industria del cine, Peter, no te creas nada de lo que oigas, y sólo la mitad de lo que veas –fue el consejo de la esposa de Ford, Mary, a Bogdanovic.

Oír hoy a los políticos es tener la impresión de que su pánico no es la sedición de Cataluña, sino no parecer… franquistas, con lo cual, para eludir el 116 adulterino caen en un 155 incestuoso.

El delito catalán es excepcional (el más grave que pueda concebirse contra la nación), pero el estado de excepción del 116 suena a Franco (la única demanda de María Soraya en todo el «prusés» fue contra un ex futbolista que la llamó «franquista»), mientras que el 155 no suena a nada, aunque dicen que es todo lo que a quien lo aplica le venga en gana.

–Aplicar el 155 puede suponer muchas cosas porque es un artículo que dice muy poco –declaró hace ocho días María Soraya, que no es ningún Carl (ni Schmitt ni Friedrich).

Hoy, el 155 es como el Tercer Estado de Sieyes: «Todo». Parafraseemos al revolucionario abate: ¿Qué es el 155? Todo. ¿Qué ha sido hasta hoy en el orden político? Nada. ¿Qué pide? Llegar a ser algo.

En la BBC y con estética de Roger Corman, el ministro Dastis «compra» el «derecho a decidir» («si votamos todos») a Pablemos y anuncia que «no habrá detenciones» en Cataluña.

España, España. Emilio Mola, último director de seguridad de la Monarquía, atribuye la impunidad del golpe de diciembre del 30 al deseo del gobierno de «no parecer de la Dictadura». La República suprime, por el qué dirán, la pena de muerte, pero se lía en Casas Viejas. La Transición desecha, «por franquista» (?), el cumplimiento de las penas, pero inventa la Doctrina Parot.

Nuestra política, como nuestro teatro, está lleno del «complejo» personal de cada autor.

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