Jon Juaristi

Ludibrios

Ya observó Walter Benjamin aquello de que todo documento de cultura es a la vez un documento de barbarie

Jon Juaristi
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CUENTA Séneca el Viejo en el Libro X de sus Controversias que el pintor Parrasio de Éfeso, contemporáneo de Sócrates, recibió de los atenienses el encargo de pintar un Prometeo Encadenado para el templo de Palas. Buscando un modelo, acudió al mercado de esclavos y eligió a un prisionero de guerra ya entrado en años. Lo hizo encadenar en su taller, en la postura en que aherrojó Hefaistos al titán sobre el peñasco del Cáucaso. Antes de comenzar, ordenó al esclavo componer un gesto de aflicción y dolor. Lo intentó este, pero el resultado no convenció a Parrasio, que llamó a otros esclavos para que torturaran un poco a su compañero. Le obedecieron a disgusto, porque el infeliz era un anciano y se compadecían de él. También otros de los presentes, hombres libres, suplicaron que no siguiera aplicándole tormento, pero el pintor se irritó y acalló las protestas alegando que él era el dueño del viejo, puesto que lo había comprado. Llamó después a un verdugo profesional y, mientras preparaba los pinceles y los colores, le pidió que infligiera al esclavo todos los suplicios que conociera, incrementando gradualmente el dolor. Ante los gritos desgarradores del viejo, los circunstantes preguntaron a Parrasio si lo que verdaderamente le gustaba era el arte o el sufrimiento ajeno. No les hizo caso e instó al verdugo a continuar su tarea. El esclavo entonces exclamó: «¡Me muero!», a lo que el artista respondió: «¡Perfecto, mantente así (sic tene)!». El rostro de Prometeo moribundo pintado por Parrasio concitó la admiración de todos los atenienses y es una lástima que la técnica de fijar los colores no estuviera tan desarrollada en la Grecia clásica como la de la tortura, porque ni siquiera los romanos de la época de Marco Anneo Séneca pudieron contemplarlo.

No hay que escandalizarse demasiado. Por citar a un señor de izquierdas, y para que no se diga que me pongo tendencioso, ya observó Walter Benjamin aquello de que todo documento de cultura es a la vez un documento de barbarie. Además, entre los griegos había gente que torcía el morro ante los suplicios, y no sólo esclavos (a los que disgustaban tales excesos por ser sus víctimas digamos que naturales), sino también ciudadanos con todos los derechos (entre ellos, el de no ser torturados hasta la muerte y tener opción, llegado el caso, a un chupito de cicuta). En la Roma clásica era mucho peor. Los supliciados suscitaban la risa y el choteo general, y ay del que no se burlara del muerto, pues corría el riesgo de ser el siguiente. Algo así estuvo a punto de sucederle –todavía en vida de Séneca el Viejo– a un pescador un poco bruto, amigo de un señor al que los romanos ejecutaron a lo bestia, después de torturarlo y exhibirlo disfrazado de rey de mendigos, como hacían siempre con los jefes enemigos derrotados (la historia todavía es conocida, creo yo, aunque no sé hasta cuándo lo será, al paso que llevamos). Total, que acorralaron al pescador contra una hoguera y sólo su insistencia en negar lo evidente lo salvó de la quema.

A la pedorreta colectiva y obligatoria dirigida contra el ejecutado y sus restos –una suerte de linchamiento bufo que atemperaba las ansias homicidas de la Gente– se la denominaba en latín ludibrium, y Pascal Quignard la define así: «A la punición prevista por la ley se añade una puesta en escena sarcástica a la que la sociedad llega en masa, y llega como una masa unánime, para concurrir al espectáculo legislativo y participar colectivamente en la venganza de la infracción». En fin, que por qué tengo que ponerme a contarles todo esto de griegos y romanos cuando es obvio que cosas así ya no pasan en nuestra época y menos en España.

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