Iceta

Iceta y Sánchez tendrán que soportar los más abyectos insultos y desprecios, sólo comparables a los que los hiperventilados del otro lado van a dedicar al líder de Esquerra y a Marta Pascal

Salvador Sostres
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El presidente Rajoy hizo con firmeza pero sin perder la cabeza su parte del trabajo, que era marcar muy clara la línea de la Ley en Cataluña. Aunque las histéricas a su derecha le acusaron de cobarde y, literalmente, de ser «el abogado de los golpistas», el independentismo asumió los límites del terreno de juego y más allá de la propaganda y de la comedia, desde el pasado 27 de octubre se ha cuidado de no volver a violentarlos. Hay una lección que ha quedado perfectamente entendida, entre Bruselas y Estremera.

Miquel Iceta, que es el político más inteligente que ha dado Cataluña después de Jordi Pujol, el político catalán que mejor entiende Cataluña y España, y el difícil pero posible y fértil modo que tienen de relacionarse, inició ayer la segunda parte de la faena, que consistirá en la reconciliación, en el reencuentro. Iceta es un hombre prudente, imaginativo y educado, y basta conocer su carrera para saber que no la ha basado en ofrecimientos desmesurados, ni en la búsqueda extravagante de ningún atajo. Del mismo modo que el presidente Rajoy no jugó a ensañarse cuando tuvo que poner orden y dejar las cosas claras, Iceta es perfectamente consciente del valor y de la profundidad de lo que tiene que hacer y hay que dejarle trabajar en la plena confianza en su sentido de la responsabilidad. Sánchez acierta haciéndole caso.

El clima de cordialidad propiciado por el presidente Sánchez veremos con qué grado de lealtad institucional -y política- es correspondido desde Cataluña, pero es de entrada un buen primer paso en la correcta dirección. El acercamiento de los políticos presos a cárceles catalanas no sólo sería un gesto humanitario sino que sería lo justo. Y un fiscal general que no pidiera prisión preventiva para los presos que hayan expresado su voluntad de enmendarse -como es el caso de Oriol Junqueras y de Quim Forn- ayudaría considerablemente a recuperar la normalidad y hasta una cierta distensión que muy probablemente propiciaría el regreso de la política constructiva como modo civilizado de relacionarnos.

Tendrán Iceta y Sánchez que soportar los más abyectos insultos y desprecios, sólo comparables a los que los hiperventilados del otro lado van a dedicar al líder de Esquerra y a Marta Pascal. Cada persona, cada país, cada causa tiene una parte oscura que quiere hacerse la ultrapura y es sólo su puerta del infierno. Entre Puigdemont y Aznar hay más similitudes que diferencias. El oportunismo de Elsa Artadi se parece mucho al de Albert Rivera. Cataluña y España, como cualquier conversación, como cualquier familia, necesitan más amor y buena voluntad que fantasmas de los que dicen que vienen a salvarnos y la muerte cabalga con ellos.

No será fácil. Nadie dijo que fuera fácil. No saldrá a la primera. Habrá que saber caerse sin romper las fotografías y volverse a levantar sin perder la sonrisa. El independentismo querrá hacer ver que no se rinde pero el mayor enemigo de un loco -el presidente Rajoy lo dice- es la realidad. El presidente Sánchez puede dar forma a su presidencia en Cataluña en lugar de ganar las elecciones a pesar de Cataluña, como hace años que le sucedía al Partido Popular, que sin discutir su notable labor en el poder, tuvo tardes mejores que las que dedicó a recoger firmas contra el Estatut.

Empieza un tiempo nuevo, sí, pero que no habríamos podido conocer si el anterior Gobierno no hubiera sabido qué hacer cuando las cosas se pusieron feas.

Salvador SostresSalvador SostresArticulista de OpiniónSalvador Sostres