Theresa May pide árnica a Europa

Un acto de cobardía

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Margaret Thatcher nunca fue partidaria de los referendos, por considerarlos poco democráticos, simplistas, populistas y primarios. A pesar de su euroescepticismo, nunca quiso preguntar a los británicos sobre el asunto. Felipe González, con el tiempo, se arrepintió de haber convocado el referendo de la OTAN, por considerar que le correspondía a él asumir el precio político de su cambio de opinión al respecto. David Cameron quiso ganar las elecciones con dos referendos como golpe de efecto. El de Escocia le salió bien por los pelos, aunque dejó en Europa un rastro funesto en favor de las euforias cantonales. En el espejo de aquel despropósito va el independentismo catalán recurrentemente a mirarse, como los héroes clásicos en el callejón del Gato.