La abuela Gloria y el sátrapa

Esta es la última estampa que nos llega del final de aquella romántica «revolución bolivariana» que no hace tanto encadilaba a la izquierda planetaria

Gloria amamanta a su nieta Yorjeli en Boa Vista (Brasil) REUTERS
Álvaro Martínez

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Gloria, una abuela que con toda la familia huyó de Venezuela, amamantando a la nieta, Yorjerli, en Brasil… Esta es la última estampa que nos llega del final de aquella romántica «revolución bolivariana» que no hace tanto encadilaba a la izquierda planetaria, que nunca paró de reirle las «gracias» a Chávez y que siguió de perfil cuando Maduro sustituyó al «comandante ausente» en el caudillaje de tan nefasto invento.

Lejos de arreglar la vida a los venezolanos, lo único que ha conseguido el chavisno es destrozársela, hacerla añicos, cercenar el futuro de una nación que hasta hace bien poco era rica y próspera, con muchas cosas que mejorar en el terreno del reparto de esa prosperidad, como todas, pero con un formidable potencial gracias a levantarse sobre un inagotable silo de inabarcables recursos naturales. Hoy, todo ese ingente maná con el que fue bendecida esa tierra es casi un erial donde se alza la miseria y que ha provocado el mayor éxodo que haya conocido el continente en este siglo. Sale tanta y tanta gente de allí que no solo están colapsados los pasos fronterizos de los vecinos Colombia y Brasil, sino que el flujo llega ya hasta Ecuador, que recibe diariamente a 3.000 personas que viajan hasta allí a pie con todo lo que tienen, que es casi nada. Quito ha decretado el estado de emergencia humanitaria ante la afluencia masiva de venezolanos, lo que implica la habilitación de albergues temporales. La semana pasada una acción similar fue tomada en las provincias de Carchi, Pichincha y El Oro... así hasta el medio millón de refugiados que lleva acogidos Ecuador.

Maduro, aquel que decía que se le aparecía Chávez en forma de «pajarico chiquitico» para susurrarle los caminos que debería seguir tomando la revolución, niega que exista el éxodo. Más aún, se ríe de los que se han ido «a limpiar retretes a Miami y ahora están arrepentidos de haber dejado su amada patria porque Venezuela es la tierra prometida». Duele hasta reproducir tan ofensivas y miserables palabras cuando uno ve a los venezolanos en fila hacia Colombia o Brasil. Y hiere aún más cuando uno observa a Gloria, sonriente pese a todo, amamantando a su nieta, a las que Maduro cree limpiando letrinas en Miami cuando son cien mil veces más dignas que él. Que no hay sentinas peores que las del alma.

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