El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador
El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador - AFP
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Todos satisfechos con el nuevo T-MEC hasta que se vean sus efectos

Tras su firma, el nuevo Acuerdo de Libre Comercio entre EE.UU., México y Canadá pasa ahora a la ratificación de los legisladores de los tres países

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El revisado acuerdo de libre comercio de América del Norte, rebautizado ahora como Tratado de México, Estados Unidos y Canadá ( con las siglas T-MEC en español y USMCA en inglés), quedó firmado la pasada semana a la espera de que el texto sea ratificado por los legisladores de los tres países.

El trámite parlamentario no debiera ser ningún gran problema. Ni en Estados Unidos, donde las mejoras laborales previstas para México, con el fin de reducir la competencia de sueldos más bajos, tendrían que contentar al Partido Demócrata, que desde enero controlará la Cámara de Representantes. Ni tampoco en México, donde Andrés Manuel López Obrador, que ganó las elecciones en julio, no ha cuestionado las negociaciones.

Tal vez ahora, ya como presidente –tomó posesión el pasado sábado, al día siguiente de la firma del tratado–, López Obrador pueda estar tentado a usar la mayoría que su partido tiene en las dos cámaras del Congreso para condicionar la aprobación a algún tipo de concesión estadounidense en otras materias, pero de momento no ha dado muestras de que vaya a plantar esa batalla.

Corregir el déficit comercial

El nuevo texto beneficia ligeramente más a Estados Unidos, pues al fin y al cabo la Administración Trump planteó la revisión para corregir el enorme desequilibrio comercial existente con México (con quien tiene un déficit de más de 80.000 millones de dólares) y Canadá (casi 40.000 millones). No obstante, el mantenimiento del acuerdo permite a mexicanos y canadienses continuar basando buena parte de su economía en la exportación a su rico vecino (en 2016, el 74% de las exportaciones de productos de México y de Canadá fueron a EE.UU).

Si bien de partida hay sensación de satisfacción general entre las partes (quizás en el caso de México y Canadá es más de alivio, superada la presión que han soportado de la Administración Trump), queda por ver qué efectos tendrán con el tiempo las novedades introducidas y hacia qué lado se inclinarán los beneficios.

En cualquier caso, Trump tiene en la mano la manera de corregir cualquier acentuación del déficit comercial: aplicar a México y Canadá los aranceles sobre el acero (25%) y el aluminio (10%) que anunció para todo el mundo y de los que declaró exentos a esos dos países (y a un puñado más de socios).

Aunque puede hablarse de vencedores y vencidos en función de lo que cada país reclamaba en las rondas negociadoras, sigue aquí una relación de lo que gana y pierde cada país respecto al anterior acuerdo.

En qué ganan

Estados Unidos. Washington ha impuesto que a partir de 2020 el 30% del trabajo necesario para fabricar un coche tenga un salario de 16 dólares/hora, y que el listón sea elevado al 40% a partir de 2023. Se trata de una medida que busca combatir la competencia de los bajos sueldos de México, donde el sueldo medio de un trabajador de la automoción es de unos 4 dólares.

Canadá. Ottawa ha conseguido lo que desde el principio fue su línea roja: preservar el sistema de arbitraje binacional independiente para dirimir comportamientos desleales de otro de los socios.

México. Sin ninguna especial ganancia respecto al texto hasta ahora vigente, la mayor victoria de México es haber logrado revalidar el acuerdo sin tener que pagar ningún especial peaje. Las amenazas de Washington de limitar el acceso de productos agrícolas mexicanos no se han traducido en nuevas barreras.

En qué pierden

Estados Unidos. La Administración estadounidense no ha conseguido imponer muchas de sus reclamaciones, aunque probablemente su objetivo al plantearlas era abrumar a sus socios para que cedieran en algunos escogidos asuntos prioritarios para Trump. Por ejemplo, no se incorporó la petición de EE.UU. de dar automáticamente por expirado el acuerdo si al cabo de cinco años no había consenso en prorrogarlo (al final se ha fijado que dure 16 años, con revisión cada seis, y la posibilidad de renovarlo luego por otros 16 años).

Canadá. Ha tenido que aceptar la mayor entrada de productos lácteos procedentes de EE.UU.

México. La cláusula sobre mayores salarios afectará a su industria, pero el sector informal puede en parte actuar como amortiguador de esa exigencia.

El tiempo dirá

Automoción. El nuevo acuerdo prevé aumentar del 62,5% al 75% la proporción de la producción de un automóvil que debe ser realizada en alguno de los tres países (o entre los tres) para tener acceso a aranceles especiales. Por tanto, habrá menos autopartes que puedan ser adquiridas en terceros países. No está claro a cuál de los tres socios beneficiará más. Probablemente EE.UU. espera incentivar su propia industria, pero los sueldos más bajos de México pueden acabar suponiendo una mayor producción para este país.

Farmacéuticas. También está por ver a quién benefician las disposiciones sobre productos farmacéuticos. Se ha fijado un plazo de diez años hasta que las empresas farmacéuticas puedan introducir medicamentos genéricos en los otros dos países. Se supone que los grandes laboratorios estadounidenses tienen gran capacidad de administrar genéricos, pero también los podrían desarrollar empresas de México y sobre todo de Canadá en sus propios mercados.

Digital. El apartado dedicado al sector digital y comercio electrónico es una de las principales novedades del nuevo acuerdo, áreas apenas desarrolladas cuando en 1994 entró en vigor el presente tratado. Dadas la supremacía estadounidense en esas actividades, es de suponer que las nuevas disposiciones beneficiarán más a EE.UU., pero sus dos vecinos también pueden aprovechar las potencialidades de esos instrumentos de globalización.