Escenario en la Avenida de Pensilvania, a escsos metros de la Casa Blanca
Escenario en la Avenida de Pensilvania, a escsos metros de la Casa Blanca - AFP

Marcha histórica en EE.UU. contra las armas

El movimiento impulsado por los estudiantes de Parkland logra reunir a cientos de miles de personas en Washington, en un clamor sin precedentes para restringir las armas de fuego

CORRESPONSAL EN WASHINGTONActualizado:

Un impresionante silencio rasgó el cielo de Washington cuando Emma González procedió a leer los nombres de las 17 víctimas de la matanza de Parkland. La música, los discursos y los gritos de cientos de miles de personas llegados de todo el país cesaron en un repentina proclama que exigía un «nunca más». Otros compañeros de los fallecidos exhibían, con doloroso recuerdo pero orgullosos, las caras dibujadas de sus héroes. Una nube de dedos exhibiendo la «v» de la victoria se alzó improvisadamente durante los seis minutos y veinte segundos del prolongado homenaje, enlutada remembranza del tiempo que duró la imborrable tragedia. Todos comparecían para hacer buena su muerte, con la fortaleza de haber empezado a cambiar la historia de Estados Unidos. Sí. Frente al escepticismo de una opinión pública entregada a su desnortada inercia de acumular miles de cadáveres al año bajo las balas, también en los colegios, los jóvenes de Parkland confirmaron hoy que están variando el rumbo de la nación.

En la movilización juvenil, por definición, hay mucho de sueño. Pero la realidad también se ha abierto paso. Florida, uno de los estados tradicionalmente más favorables a las armas de fuego, acaba de dar un giro a su tradición y su cultura endureciendo la revisión del historial de los compradores y elevando la edad mínima para adquirir una semiautomática, de los 18 a los 21 años. Armará también a algunos de sus profesores, aunque no sea ésta una demanda del movimiento ni de quienes rechazan por principio la presencia de cualquier arma en un centro educativo. Para quien no conozca Estados Unidos, puede parecer un brindis al sol. Para los habitantes de Florida, la reforma es un gran paso para evitar tragedias como la del último San Valentín. Hoy, el grupo de jóvenes que se lanzó a detener el tiempo el día en que Nikolas Cruz sembró de muerte su instituto, llevó la exigencia a las puertas del Capitolio, la sede del Congreso, la casa de sus representantes, quienes están llamados a reformar la ley. Nadie lo había conseguido hasta ahora. Ni siquiera los padres y profesores de la escuela elemental de Sandy Hook, en Newtown (Connecticut), que en diciembre de 2012 sufrieron con llorada impotencia la muerte a tiros de 27 de sus hijos. Entonces, Estados Unidos también contuvo la respiración, pero el impactó se terminó diluyendo en una rutinaria desesperanza. Hoy, esos niños, ya menos niños, se sumaron con su presencia al momento de la verdad, a la hora del cambio.

También Chicago, la capital de la violencia, la urbe que engorda cada día la fatal lista de víctimas en una espiral de abatimiento que parece no tener fin, protagonizó la particular marcha por la vida impulsada por los esforzados de Parkland. La voz de la cantante y actriz Jennifer Hudson acompañó a numerosos estudiantes en su reivindicación de soluciones para los suburbios de la ciudad, cuyos vecinos no logran abandonar el más negro de los túneles.

Ochocientas manifestaciones

Con ser una gesta la de hoy, el logro del grupo de alumnos de Florida no se detuvo ahí. Una docena de concentraciones en otras tantas ciudades de Estados Unidos, incluida la que se formó en el exterior del instituto, y hasta ochocientas en otros muchos países, respondieron con compromiso a la llamada de sus nuevos líderes. No todas las naciones afrontan la misma encrucijada de poner freno a las armas de fuego, pero ayer el mundo entero miraba a la capital estadounidense.

El movimiento es consciente de que muchas de sus demandas van a caer, por ahora, en saco roto. Los republicanos y Donald Trump, junto con la Asociación Nacional del Rifle, objetivos hoy de las críticas de la multitudinaria concentración, incluidos sus portavoces, se resisten a reformas más profundas. Sólo el mayor control del historial de los compradores y la prohibición de los “bump stocks” tienen visos de convertirse en legislación nacional. Pero no hay marcha atrás en la concienciación de un país al que han tocado la fibra. El intuitivo inquilino de la Casa Blanca, que también ha olfateado la última sacudida en la opinión pública norteamericana, se adelantó el viernes a sacar de los mercados los dispositivos que convierten los rifles semiautomáticos en automáticos. Como los AK-15, utilizados en casi todas las matanzas.

«Marcha por nuestras vidas»

El «Marcha por nuestras vidas», que encabezaba hoy la concentración y el escenario en Pennsylvania Avenue, a unos cientos de metros de la Casa Blanca y a menos distancia aún del Trump International Hotel, delante la marea humana que se había acercado durante las horas previas, es el grito de los activistas de Parkland. Un lema que aglutina a padres, estudiantes, profesores y toda la comunidad educativa. Un mensaje que reivindica, por encima de todo, la protección de los hijos. Ya no se trata del simple derecho a una formación, sino a no morir en el intento. Dos carteles que sostenían dos adolescentes entre la multitud resumían la desesperada reclamación: «Por favor, no me disparen. Intento estudiar” y “¿Soy yo el próximo?». Desde el escenario, estrellas como Demi Lovato, Miley Cyrus, Arianna Grande y Lin Manuel Miranda pusieron música y voz a uno de los cantos más repetidos por los jóvenes estadounidenses el último mes.

Sin duda, la capacidad de movilización de los estudiantes de Florida había alcanzado cotas sin precedentes y en todos los ámbitos. Incluidas las autoridades de la Iglesia Católica, que la víspera habían puesto al servicio de la causa la Catedral Nacional de Washington, donde tuvo lugar una vigilia por la paz y en contra del uso de armas de fuego. Ya durante la jornada, el influyente cocinero español José Andrés se sumó a la iniciativa y abrió las puertas de sus restaurantes para dar de comer a todo aquel que se echaba a la calle en apoyo de la causa estudiantil.