José M. de Areilza - MONNET & CO.

La meteorología del Brexit

El Brexit terminaría igual que empezó, como una trifulca entre conservadores

José M. de Areilza
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El Reino Unido debía salir oficialmente de la Unión Europea hoy 29 de marzo. Pero el Brexit sigue encallado en las dos semanas de prórroga concedidas: ni el Gobierno de Theresa May ni un Parlamento dividido encuentran la salida del laberinto. La primera ministra ha hecho su última apuesta antes de dejar la política. Ofrece su cabeza a los euroescépticos tories, con tal de que respalden al menos el tratado de retirada. Parte de los rebeldes tories se apuntan a la victoria pírrica sobre May. Jacob Rees-Mogg y Boris Johnson se han olvidado de sus protestas indignadas contra un pacto que, según sus palabras, convierte al país en un «Estado vasallo de la UE». Su pelea es por la influencia y el liderazgo en el partido conservador.

El Brexit terminaría igual que empezó, como una trifulca entre conservadores al margen de los intereses y de la opinión pública del país, cada vez más reacia a dejar la UE. Además de escorarse hacia la derecha, May necesita sumar el apoyo de los unionistas norirlandeses. Si estos vencen sus recelos hacia Johnson y ceden en el último minuto –a cambio de que el gobierno británico acepte la aplicación de más derecho de la UE en el futuro– May podría conseguir su objetivo. Si no, veremos más votaciones en el último minuto, hasta que sea necesario pedir una prórroga mucho más larga. Los diputados han respaldado esta semana la opción de un referéndum que valide o no un eventual acuerdo de retirada.

Dos datos arrojan algo de esperanza para frenar una salida del Reino Unido, perjudicial para todos. Por un lado, el Brexit sin acuerdo es rechazado en Westminster y por los 27 socios europeos. Por otro, Donal Tusk habla por fin a favor de la permanencia del Reino Unido como una posibilidad cierta y una buena noticia. Dependerá de un puñado de votos en los Comunes. «Si no te gusta el tiempo que hace en Boston, espera unos minutos». La misma frase de Mark Twain es aplicable al Brexit, tan cambiante y caprichoso como la meteorología de Nueva Inglaterra.

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