Borja Bergareche

Leer a Lorca en Isfahan

Creo que Netanyahu sobredimensiona la amenaza, que Trump sobreactúa en sus decisiones, y que la UE sobrevive como el «enano político» que todavía es

Borja Bergareche
Borja Bergareche
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Era un joven corpulento, barbudo y desgarbado, vestido con unos vaqueros y una camiseta, a la manera occidental de los jóvenes iraníes. Yo deambulaba con un amigo español por las calles de Isfahan, la ciudad más turística del país, rumbo a la encantadora plaza de Naqsh-e-Yahan. «¿Spania?», nos preguntó. «Spania, Federico García Lorca…», dijo. Siguió un atropellado monólogo en farsi, del que nada comprendimos, y una pausa antes de que, con los ojos encendidos, comenzara a recitar de corrido aquello de «Eran las cinco en punto de la tarde. Un niño trajo la blanca sábana a las cinco de la tarde…». Nos dio la pista la solemne repetición del «panja», el número cinco en persa. Y los gestos de matador que realizaba, en una surrealista y maravillosa escena en medio del habitual jaleo callejero de la ciudad de los puentes.

Nos invitó a su casa. No recuerdo su nombre. Al «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías» le siguió un amplio recital lorquiano. Nos sacaba ediciones persas de sus autores venerados, algunas en inglés de tiempos de antes de la revolución de Jomeini. Muchos de ellos libros prohibidos por la infernal teocracia chií, claro. Nosotros escuchábamos, tomando el té, husmeando entre su enorme librería adornada con retratos de sus héroes, una miscelánea contemporánea que mezclaba el Che Guevara, Gandhi y Oscar Wilde. Aquel encuentro nos condujo a conocer a la dulce Goldboo, y a las veladas en casa de sus progenitores con vodka ilegal destilado en el barrio cristiano y el llanto del sitar de su padre. Regresó de EE.UU. con la promesa de una revolución justa en 1979, y había acabado sumido en décadas de melancolía.

Así es Irán, un país lleno de gente culta y hospitalaria que viven acantonados en el interior de sus vidas privadas y sometidos a los azotes del fundamentalismo religioso en su vida pública. Isfahan tuvo 400.000 visitantes extranjeros el año pasado, según cifras oficiales citadas por el «Financial Times». El triple que dos años antes. Ahora, tras la decisión de Trump de abandonar el acuerdo nuclear y de reactivar nuevas sanciones económicas, se prevé una caída del turismo internacional de entre el 15% y el 40%. No sé qué será de nuestro anfitrión lorquiano. Me lo imagino saliendo a la calle con la ilusión de un nuevo encontronazo cultural durante los dos años de vigencia del acuerdo. Y deprimido ahora por el previsible cierre de las cortinas de la vida que seguirá al restablecimiento de sanciones.

Occidente se ha enfrentado durante tres lustros al endiablado dosier nuclear iraní. Y al dilema de saber que el castigo a las facciones más duras y fanáticas del régimen, defensoras del programa atómico y la confrontación con EE.UU., suponía agravar la condena de esa mayoría social que suman muchos abstencionistas y los votantes de las candidaturas llamadas reformistas. Y que, si bien orgullosos de su país y nacionalistas persas en muchos casos, aspiran a la apertura, y a que les dejen vivir en paz. Irán no fue siempre el «enemigo de Occidente», ni EE.UU. el «Gran Satán» para los iraníes.

En los años 70, la doctrina exterior de un Richard Nixon enfangado en la Guerra de Vietnam le llevó a delegar la estabilidad en Oriente Medio en los «Pilares Gemelos» de la gran potencia en la región: el Irán del Sha y Arabia Saudí. Ironías de la geopolítica, los dos archirrivales de hoy le guardaban juntos el patio petrolero a Washington. Más aún, en aquella ecuación, Israel, Irán y los kurdos conformaban una red de apoyo logístico y de inteligencia para EE.UU., que tenía en ellos un cinturón aliado no árabe en las tierras del Profeta. A mediados de los 80, durante la guerra Irán-Irak, la Administración Reagan sufrió también el humillante escándalo conocido como Irán-Contra. Mientras defendían públicamente el embargo de armas contra las dos facciones, la CIA y un joven analista del Consejo de Seguridad Nacional, Oliver North, orquestaron un cinematográfico plan de rescate de unos rehenes estadounidenses de Hizbolá a cambio de la venta clandestina de misiles a Teherán.

Los mismos misiles que, situados fuera del ámbito del acuerdo nuclear entre las cinco potencias y Teherán, inquietan hoy, con razón, a Israel. Creo que Netanyahu sobredimensiona la amenaza, que Trump sobreactúa en sus decisiones, y que la UE sobrevive como el «enano político» que todavía es. Y que la pregunta que deben hacerse es la de siempre: Qui Prodest. ¿A quién benefician las decisiones? Al Irán oficial de la teocracia militar antisemita que estableció Jomeini, o al Irán «real» que solo aspira a, entre otras cosas, leer a Lorca en Isfahan.

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