Robbert Bosschart
Robbert Bosschart - ABC

Las noches eternas de un madrugador

Tras más de cinco décadas en España, el autor evoca cómo eran y cómo son los turistas holandeses

Países BajosActualizado:

Y a son varias las generaciones de holandeses adictos a las vacaciones bajo el sol de España. Como sólo somos 17 millones, y desde hace tiempo la estadística española de visitantes extranjeros registra cada año unos millones de nuestros ciudadanos (3,6 millones en 2017), empiezo a dudar que quede algún(a) holandés(a) que no haya estado de veraneo en España.

Puesto que llevo aquí la friolera de 55 años, los he visto pasar a todos. Los heroicos primeros, que llegaban al camping de la Costa Brava en su coche cargado hasta los topes con todo lo necesario para sobrevivir en tierras desconocidas (incluidas las latas de comida; pobres, no sabían lo que se perdían). En esa época yo tardaba dos días en alcanzar Cádiz desde Barcelona en un 600 (¡Dios mío, cuánto hay que agradecer la ayuda europea para que tuviéramos autopistas!)

Luego aparecieron los atrevidos, que ya venían en vuelos chárter, como sardinas en lata pero sin traerse las latas. Eso les hizo zambullirse en un mundo español aderezado con paellas -y con «toreros»-. Tenía yo un amigo hotelero que asombraba a los ingenuos con un telegrama que decía haber recibido de una turista holandesa, pidiendo «una habitación con vistas, cama doble y torero». De las otras faenas de los toreros, en las plazas portátiles, mejor no hablar.

Finalmente los visitantes holandeses ya viajaban por toda España. De hecho, estuvieron entre los primeros que descubrieron el interior del país, cuando el turismo de masas primario todavía no había salido de las playas. (Pobre España de la costa, alicatada hasta el techo con monstruos de cemento donde el maná turístico era exprimido a fondo con sangría y sudores.)

Ahora los modernos «veraneantes» holandeses son igualmente invernales, «primaverantes» y otoñales. En cualquier fin de semana se cogen un avión a Barcelona u otra ciudad española (será por aeropuertos…) y casi se sienten como en casa. Sobretodo los que de niño fueron arrastrados por sus papás al camping, y todavía se conocen la jerga veraniega del chiringuito de la playa, o del bar del pueblo. Ya somos todos de la misma patria chica europea, ¿no?

Me gustaría, pero no. Todavía no nos sentimos todos por igual en la casa común, y hasta hay quien quiere proclamar en su habitación un cantón de Cartagena -pero ésa es otra historia, y hoy estamos de veraneo, ustedes y yo-. He estado de vacaciones por todas partes en este país y me encantan sus noches alegres hasta la madrugada, gran atractivo para los holandesitos, que son tan madrugadores en su casa.

La única sugerencia que me atrevería hacer a los alcaldes y sus esforzados agentes del orden sería que por fin aplicaran en serio la ley del decibelio limitado. Ya sabemos que España es un país ruidoso (aunque con benditos paisajes silenciosos). Pero creo que entre los esfuerzos de amabilidad que este país debe hacer, si quiere mantener su impresionante negocio turístico, destaca la necesidad de poner coto al terrorismo sónico. Pienso en esos desalmados en moto que se divierten sacudiendo barrios enteros con su pedorro nocturno. Y su incontinencia sonora no es la única. Pero ya digo, aquí paz y después gloria, porque estamos de veraneo ustedes y yo….