Gloria Vanderbilt
Gloria Vanderbilt - REUTERS

Gloria Vanderbilt, riqueza y tragedia de la última gran dama neoyorquina

Millonaria, escritora, actriz e icono de la moda, falleció ayer a los 95 años en su casa de Manhattan

Corresponsal en Nueva YorkActualizado:

Vanderbilt suena en Nueva York a algo difícil de encontrar: dinero viejo. En la ciudad de las fortunas inmediatas, de los «cracks» bursátiles, de los millonarios que van y vienen, hay un puñado de apellidos que forman la aristocracia a la neoyorquina: no vienen de títulos nobiliarios ni de señores feudales, sino de la expansión industrial desatada del EE.UU. del siglo XIX, una tierra de nadie donde algunos forjaron las mayores riquezas sobre la tierra. Son los Rockefeller, los Whitney, los Carnegie y, también, los Vanderbilt.

La última gran representante de esta estirpe, Gloria Vanderbilt, ha sido la protagonista de una vida de colorín y drama, de opulencia y tragedias, una formidable montaña rusa que paró ayer en su casa de Manhattan, a los 95 años.

Gloria nació rica y desgraciada. Era la tataranieta de Commodore Cornelius Vanderbilt, uno de los magnates del ferrocarril a mediados del siglo XIX y debajo del brazo traía una herencia de 2,5 millones de dólares -37 millones actuales- que no podría tocar hasta los 21 años. Su madre, Gloria Morgan, consiguió, sin embargo, permiso para sacar 50.000 dólares al año para su manutención, lo que proporcionaba a Gloria la vida acomodada que se le suponía por su extracción social: viajes de lujo a las capitales europeas, esquí en los Alpes, veranos en Biarritz y en la Riviera y un ejército de chóferes, niñeras y enfermeras.

La niña debía haber sido todavía mucho más millonaria. Pero su padre, Reginald Claypoole Vanderbilt, era un playboy solo preocupado por la equitación y el alcohol, que quemó su dinero en las apuestas y al que Gloria no llegó a conocer: murió de cirrosis cuando ella tenía año y medio.

La vida desatendida de Gloria, siguiendo las correrías de su madre por Europa -la hermana gemela de su madre era la amante del entonces Príncipe de Gales, que después sería Eduardo VIII-, llamó la atención de su familia paterna en Nueva York. Su tía Gertrude Vanderbilt Whitney -considerada la mujer más rica de EE.UU. en la época y creadora del museo Whitney- reclamó su custodia. El juicio consiguiente fue un espectáculo de trece semanas, devorado en los tabloides de la época, que convirtió a Gloria en la niña más famosa del país, sin contar las estrellas de Hollywood.

Su tía se quedó con su custodia y la fama nunca la abandonaría. A los 17 años se fue a Hollywood y se convirtió en una presencia fija de las altas reuniones de la industria. Se casó pronto, nada más llegar a Los Ángeles, con Pat DiCicco, un representante de actores emparentado con el mafioso Charles «Lucky» Luciano. Las palizas que le propinaba DiCicco acabaron con el matrimonio, que dio paso a otro con el director de orquesta Leopold Stokowski, que le sacaba 42 años. Poco más de una década después se casó con un director de cine, Sidney Lumet, aunque el único matrimonio que recordaría con felicidad fue el último, con el escritor Wyatt Cooper, que falleció joven, a los 50 años, en 1978.

Gloria vivió estas relaciones en medio de un gran interés por la la literatura, la moda y la actuación, salpicado con romances con grandes figuras de la época, como Errol Flynn,Frank Sinatra, Gene Kelly, Howard Hughes o Marlon Brando.

A pesar de vivir del dinero de otros, consiguió éxito propio. Sobre todo, como impulsora de los vaqueros para mujeres, con los que forjó una fortuna de cien millones de dólares. Y, en la recta final de su vida, como una gran escritora de memorias, que escarbó con sinceridad en sus tragedias -la pobreza emocional de su infancia, la muerte del único marido al que amó, sus dificultades económicas, el suicidio de uno de sus hijos- mientras el mundo solo veía el brillo de su apellido.