Marqués de Murrieta, una de las mejores bodegas del mundo

Don Juan Carlos acaba de reinaugurar el Castillo de Igay, sede de Murrieta. Vicente Dalmau Cebrián relata a ABC la historia de la bodega familiar

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¡Por fin se levantó el telón! Nueve años de silencio. Un paisaje fantasmagórico. El fragor incesante de maquinaria pesada. Fue la zona cero riojana hasta el pasado 21 de octubre que vio la luz. La panorámica cambiaba radicalmente. Otra vez los paisajes de viñedos y encumbrado, en el centro, el nuevo Castillo de Ygay que alberga las emblemáticas Bodegas Marqués de Murrieta. Fue el Rey Don Juan Carlos quien hizo los honores de inaugurarlo en su primer acto público tras su abdicación. Acompañaba a Vicente Dalmau Cebrián, propietario y artífice del renacimiento del castillo, que se convertirá en el centro neurálgico del enoturismo riojano (ya hay lista de espera hasta el mes de febrero). Nosotros nos quedamos con él para conocer al personaje... sin sus vinos.

«Lo que trato de hacer con este edificio es intentar cambiar todo para que no cambie nada; esa es la filosofía». Se tira todo el edificio y se traen toda la piedra de Galicia con José Álvarez, maestro cantero orensano, y otros siete más para levantarlo piedra a piedra. Nueve años de trabajo y «la gente sin entender nada, lloviendo críticas por todas partes hasta que vieron la obra terminada y... todos callados. Es una labor difícil -resalta Dalmau- de entender desde el capital privado porque es levantar un patrimonio nacional, cultural, vitivinícola que, desde la no ayuda estatal, no se entiende, pero sí se comprende si se conoce nuestra estirpe: hacer las cosas bien, de una forma honrada, responsable, sabiendo que soy un eslabón de la historia de una bodega que lleva haciendo vino 165 años y que en ese eslabón tengo que preparar los 165 años siguientes».

Un pazo de 1511

Tiene mucho de gallego, de ahí el Pazo de Barrantes, su segunda bodega y su lugar de veraneo, de recuerdos de la infancia: «Mi sangre es gallega. Madre de Vigo y padre de madre de Santiago de Compostela. Nuestro origen está ahí porque ese pazo es de la familia de mi padre desde 1511 y ha pasado de generación en generación. Galicia para mí es algo más».

El Conde de Creixell recuerda, en ese cambiar todo para que nada cambie, cómo se las tuvo que ver con el destino. Primero, trasladándose con la familia a vivir a Ygay dejando con 16 años su Madrid y el Colegio Británico donde estudiaba, un shock que duró poco por el contagio que transmitió su padre por la pasión de la vida del campo. Con 16 años ya empecé a trabajar en ella, con 18 me nombró director de exportación y a los 21 me entregó la gerencia comercial». Su fallecimiento repentino, a los 48 años cuando contaba con 25 y era el único varón, el mayor de cuatro hermanos «me dejó muy huérfano, pero después de asimilar mi soledad como persona y como empresario puse en marcha mi proyecto». Como director general (última voluntad paterna) Vicente Dalmau asumió el reto manteniendo el patrimonio familiar, elevando la categoría de sus vinos y ganándose a pulso el respeto del mundo vinícola que dudó de su temprana capacidad.

Hoy Murrieta está considerada como una de las bodegas con los mejores vinos del mundo (todos sus vinos están puntuados por encima de 94 puntos en las guías y revistas especializadas), puntuados por la mejor crítica del mundo. «La revista Wine Spectator elegía hace 10 días en Nueva York las mejores bodegas del mundo y Murrieta era una de ellas. Va a parecer una chulería absoluta pero me gustaría que Murrieta sea la locomotora que logre tirar de la imagen de los vinos españoles en el mundo».

¿La marca España? «Debe llevarla empresas que sean líderes de marcas y el estado debe estar ahí ayudando pero no liderando».

¿Añoro? «No haber vivido a ciertas edades lo que se debe vivir. Mis amigos estudiaban y yo ya había conocido 60 países vendiendo mis vinos».

Respecto al amor confiesa estar «feliz para 44 años pero, por ejemplo, no estoy casado. Lo hemos dejado hace poco con una novia fantástica y mantener una relación con esta vida sin equilibrio es difícil».

Personal

También es supersticioso: «Sí, por eso quizá me fije en señales que me da la vida. En momentos de duda y pides ayuda ahi arriba y observo por si la encuentro. Me he convertido en observador un poco pesado».

¿Maniático? «Mucho. La liturgia al vestirme, con todo perfectamente colocado. No puedo sentarme a comer mirando a la pared; la cama del hotel elijo siempre la más cercana a la puerta».

¿Perfeccionista? «Si, pero creo que hay que tener unos límites, si se puede, porque llegar a ser obsesivo es torturador y de eso hay que huir...».

Y hablemos de Galicia...

«Tengo necesidad de verla aunque vaya a trabajar» (le cambia la cara a Vicente cuando recuerda los veranos de la infancia). «Galicia huele distinto, a mar, a hierba fresca... Disfruto de su mar salvaje, de sus aguas frías que son pura salud. Me gusta el mediterráneo, por supuesto, pero no me llena como las playas de las Rías Bajas. ¡Y la cocina! Más que la cocina, soy un fanático de la materia prima, de disfrutarla de la forma más sencilla y si es con un buen Barrantes, ¡increíble!».