Luis Ojea - La Semana

Patologías del mercado laboral

En algún momento deberíamos empezar a hablar en serio del mercado laboral, de vincular salarios a productividad

Luis Ojea
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Una empleada pública aparca en doble fila, ficha en su centro de trabajo y se marcha en su coche de nuevo. Va a desayunar primero. Después se pasa por un supermercado para hacer unas compras. Y acaba visitando otra tienda. Y así ha consumido parte de su presunta jornada laboral. No es un mito. Es un caso real. La escena fue grabada en Valencia para un reportaje emitido recientemente en televisión. Sí, tenemos un problema grave con el absentismo. Si son acertadas las cifras del informe que esta semana publicaba Randstad Research, de media, unos 51.000 empleados no acuden diariamente a su puesto de trabajo en Galicia, de los cuales 16.000, el 1,5 por ciento de los ocupados en esta comunidad, faltan sin baja médica. El citado estudio estima en alrededor de 2.900 millones de euros el coste global del absentismo para las empresas gallegas. Ojo al dato. Esa cifra equivale a casi el 30 por ciento del presupuesto anual de la Xunta.

El absentismo laboral es una patología grave, gravísima, del mercado laboral en nuestro país. Y hay auténticos profesionales. Empleados que suman meses y meses de baja por enfermedades que confiesan a sus conocidos fingir para no tener que ir a trabajar. Sí, también es un caso real. En realidad, varios con el mismo paradigma. Algunos más extremos que otros. Todos igualmente inmorales.

«Muchas pequeñas cosas»

En el sector público es tan culpable quien lo practica como quien lo tolera o mira hacia otro lado. Y también la actual legislación laboral. Porque con la ley en la mano, un empleado de un hospital público valenciano, cuentan que aficionado al culturismo, ha podido vivir 13 años y 2 meses sin acudir a su puesto de trabajo alternando bajas y vacaciones sin dejar de cobrar. Él lo explicó claramente: «Son muchas pequeñas cosas que al final se juntan y me impiden trabajar». Y no, no es un caso tan extraordinario. El absentismo tiene ya trazas de epidemia. En Cádiz un ingeniero a sueldo del ayuntamiento se pasó seis años sin acudir a su puesto de trabajo sin que nadie siquiera lo echase en falta. En la Comunidad Valenciana trascendió otro caso de un funcionario que cobraba como jefe sin ir a trabajar. Era de los que pasan a fichar a primera hora, se van y vuelven a la hora de la salida. Eso sí, un paseo muy rentable, a razón de 50.000 euros al año. Tardaron 10 años en darse cuenta.

Sentido común

Se echa de menos un poco de racionalidad. En algún momento, cuando se nos pase la euforia por haber superado la recesión económica, deberíamos empezar a hablar en serio de la situación del mercado laboral. No de subidas indiscriminadas de sueldos. Sí de una verdadera flexibilización de las relaciones laborales en este país, de vincular salarios a productividad, de revisar a fondo el papel de los liberados sindicales. Y sobre todo de medidas efectivas para erradicar el absentismo. Por puro sentido común. Porque los estudios indican que esa grave patología supone cada año en España un coste de entre 50.000 y 70.000 millones de euros. Y ese es un lujo que no nos podemos permitir ni siquiera en las fases expansivas del ciclo.

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