Sergi Doria - SPECTATOR IN BARCINO

Memoria líquida, muerte civil

Gracias al mecenazgo del empresario Sorigué y su esposa Josefina Blanco, Lérida disfruta de un fondo de caso quinientas obras: Antonio López, William Kentridge, Viola...

Sergi Doria
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Hace pocos días tuve el privilegio de conocer en la Fundació Sorigué de Lérida la obra de Óscar Muñoz (Popayán, 1951). Para un escéptico del arte contemporáneo como yo, las «desmaterializaciones» del artista colombiano obraron como una epifanía. Imágenes de narcos, vivos o muertos, fotos-dni del autor e iconos como el Che o Warhol. Muñoz esboza, una y otra vez, su autorretrato sobre un suelo de cemento que el sol azota. Usa agua como tinta. A los pocos segundos de cada trazo, el calor reseca el perfil de humedad hasta hacerlo desaparecer. La identidad líquida, o liquidada, da una imagen acuosa: el rostro del artista se deshace entre los dedos.

La «desmaterialización» se manifiesta en toda su crudeza en cinco video-proyecciones sobre platos de ducha. Rostros de fichas necrológicas se deforman, cual caras de Bélmez, hasta acabar en una mancha que se disuelve en agua negra por el desagüe. Es la segunda muerte, la del olvido, la peor.

Gracias al mecenazgo del empresario Julio Sorigué y su esposa Josefina Blasco, Lérida disfruta de un fondo de casi quinientas obras: Antonio López, William Kentridge, Bill Viola, entre otros. Recomendaría una visita a quienes lloraron con lágrimas de cocodrilo la devolución del arte sacro a Sijena y ahora acudirán en masa a vitorear con lazo amarillo la provocación facilona de los «presos poíticos» de Salvador Sierra que Arco difundió con su estulta censura y el millonarioTatxo Benet ha cedido al museo de Lérida.

En la depauperada Barcelona cultural de los «comunes» es difícil ver una exposición de la categoría de Óscar Muñoz... ¡Ya querría el Macba incluirla en su raquítica programación! En Madrid disfrutan de Sorolla y la moda (Thyssen-Bornemisza), Fortuny (Museo del Prado), Toulouse-Lautrec (Fundación Canal), Pessoa (Princesa Sofía), Dérain-Balthus-Giacometti (Fundación Mapfre), mientras la oferta expositiva barcelonesa languidece.

En 2017 la Miró, el CCCB, el Macba y la Tàpies bajaron entre un 15 y un 20 por ciento el número de visitantes. Frente a los nueve millones del triángulo Prado-Reina Sofía-Thyssen, los principales museos barceloneses suman, a duras penas, la mitad de la afluencia madrileña. Menos mal del Picasso, la Caixa y la Fundación Mapfre que ahora exhibe las fotografías del gran Brassaï en la bella casa Garriga Nogués: esos pinchos parisinos de la plaza de l’Italie que te miran fijamente desde el año 1932...

Menos mal que Barcelona es un museo al aire libre gracias a Gaudí y el Modernismo, aunque los inquilinos de la Generalitat y el ayuntamiento conspiren cada día contra su carácter de capital cultural. Son los que han hecho del Borne un atrezzo independentista y remueven a su antojo las estatuas como la de Antonio López, con Pisarello de maestro de ceremonias: como sigan buscando «negreros» catalanes –sin ellos no se explicaría el Modernismo ni la Renaixença– no van a dar abasto. ¿No sería mejor dejar las estatuas en paz y explicar, en una plaquita y con rigor, la biografía y circunstancia histórica del personaje? La demagogia y el adanismo acostumbran a ir de la mano. Imaginen a los romanos descabezando patricios porque el Imperio se sostenía con el esclavismo.

A los comisarios políticos, el nomenclátor y la estatuaria les sirven para eliminar la memoria que, por compleja, incomoda a sus mentes esquemáticas y sectarias. Retiramos al mecenas de Vergaguer y Gaudí; ni hablar de una plaza o calle al Salvador Dalí que Brassaï incluye en su galería fotográfica junto a Matisse, Picasso e Ionesco... Si aplicamos las premisas de la memoria nacionalprogresista –siempre con luces, pero sin sombras, o sea inhumana–, ¿a nadie se le ocurre sustituir la placa del xenófobo Sabino Arana? Siguiendo su método, nos pasaríamos el tiempo quitando y poniendo placas y estatuas. ¿Volverán a depositar flores ante Rafael Casanova la próxima Diada desde que la mani de Tabarnia con los descendientes del Conseller en Cap lo restituyeron como un político español manipulado por la historiografía catalanista?

«Trasladar un monumento, cambiar el nombre de una calle, no reescribe la historia», aduce Ricard Vinyes acerca de Antonio López: «La memoria colectiva no es memoria sino un discurso que se mueve en el espacio público… La historia complica nuestro conocimiento del pasado; la conmemoración lo simplifica, puesto que su objetivo más frecuente es procurarnos ídolos para venerar y enemigos para aborrecer», escribe Todorov en su imprescindible «Memoria del mal, tentación del bien».

La política cultural de la Barcelona de 2018 actúa como un potente corrosivo sobre la memoria. Un programa que quiere aplicar una segunda muerte a los personajes que no convienen al hipócrita discurso del buenismo. A diferencia de las «desmaterializaciones» de Óscar Muñoz –emotiva lección sobre cómo sobreviene la segunda muerte que da paso al olvido–, la pérdida de referentes –buenos y malos– en el paisaje cultural barcelonés conduce al sumidero de la ignorancia. Y el gregarismo acrítico precede siempre a la muerte civil.

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