Un joven juega con un videojuego en una feria tecnológica
Un joven juega con un videojuego en una feria tecnológica - Vanessa Gómez
Spectator In Barcino

Hablando de videojuegos...

Podría decir que el 27 de octubre de 2017 se desarrolló como un videojuego. Aferrados a las arengas digitales, sus jugadores no aceptan el Game Over

BarcelonaActualizado:

En mi época escolar escuché siempre que Cataluña era la avanzada de España. Acabo de leer «La musa intrusa» (Random House), recuerdos del cineasta y escritor Gonzalo Suárez y entiendo el porqué.

Años 60-70. Suárez vive en Barcelona, un sobreático de la calle Amigó, 70. Cena en L’Estevet, restaurante de la calle Valldonzella conocido como «La Mariona» cuando el Raval se llamaba Barrio Chino. Sus amigos: «Oriol Regàs, con su sempiterno bombín, fundador de la mítica discoteca Bocaccio, calle Muntaner 505, y los fotógrafos Català Roca, Pomés o Colita, que nos dejaron testimonio indeleble de aquellos tiempos, el escultor Xavier Corberó, las modelos Teresa Gimpera y Romy, la editora Beatriz de Moura, Isabelle Clerc y Alberto Puig Palau, el ‘Tío Alberto’ de Joan Manuel Serrat… Bajo su bigote nietzscheano, Eugenio Trías se reía de su propia sombra».

La lista se completa con Eduardo Mendoza, Tàpies, Brossa, Ana Maria Moix, la agente literaria Carmen Balcells y el director de cine Joaquín Jordà. De aquellas noches de vino tinto, Suárez destaca una velada de boxeo en el Palacio de Deportes a la que acudió con Luis Palomares, esposo de Balcells, «para ver pelear a un joven boxeador recién llegado de Italia y llamado Pedro Carrasco»; o una tarde en el cine Rialto «cuando José Luis Guarner, querido e ilustre crítico, con su proverbial despiste y miopía, se sentó a tientas en las rodillas de una señora y, absorto en la película, hacía oídos sordos a las protestas de la perpleja espectadora; o sus discusiones cinéfilas con Vicente Aranda en la terraza del bar Michigan (Casanova/esquina Travesera de Gracia); o su juventud viendo partidos del Barça desde la grada acompañando a Helenio Herrera, la pareja de su madre durante veinte años; o la bruja Pepita del Paralelo vaticinando en noviembre del 70 que veía a Suárez en un monasterio. Un mes después, se cumplió el presagio: del 12 al 14 de diciembre Suárez participó en el encierro en Montserrat con trescientos intelectuales y artistas en protesta por las penas de muerte del proceso de Burgos.

De los citados, sobreviven Pomés, Colita, Gimpera, Serrat, de Moura, Mendoza y el narrador. Aquella Barcelona comprometida con España y el mundo ya no existe.

He volado a Santander para respirar un aire que no esté viciado con las miasmas del independentismo. El V Congreso de Periodismo Cultural, que dirige Basilio Baltasar en el Centro Botín, vuelve a incidir en las patologías de la era digital. Si el año pasado fue «El linchamiento digital» -el martes 21 se presenta en Barcelona el libro homónimo- hogaño, y con el título de «Game Over», nos ocupamos de la industria de los videojuegos y su influencia narcótica en nuestros trabajos y días.

El Congreso es una polifonía que aborda todas las facetas del fenómeno: negocio, estructura empresarial, canales de distribución, ludopatías y adicciones, talento creativo de guionistas y programadores… Con un negocio mundial de más de 130.000 millones de dólares y 2.300 millones de adictos, la droga tecnológica promete sexo, violencia y recompensas virtuales. Con un ritmo de crecimiento sostenido, la industria del videojuego puede superar a la del libro en 2023.

Más allá de las discusiones sobre la utilidad pedagógica de alguna aplicación, preocupa las consecuencias éticas y psicológicas como el déficit de atención escolar: más de un millón de educandos españoles entre 10 y 24 años -el 21,3 por ciento- padecen trastornos por su adicción a los productos de la tecnología. En Desconect@ el psicólogo Marc Masip detecta los síntomas: agresividad, desorden alimenticio e higiénico, estrés, ansiedad, depresión y, sobre todo, frustración…

En «Todo el mundo miente» (Capitán Swing) Seth Stephens Davidowitz, estudioso del Big Data, lo corrobora: «Las búsquedas en Google de ‘juegos desbloqueados’ aumentan a las 8 de la mañana los días laborables y se mantienen constantes hasta las 3, sin duda en respuesta a los intentos de las escuelas de bloquear el acceso a juegos de línea en los centros escolares sin prohibir los teléfonos móviles a los alumnos».

Liberarse por unos días de la Cataluña encerrada con un solo juguete -el ruinoso «procés»- es hablar con espontaneidad, sin eufemismos ni temor a que el «monotema» envenene la conversación. Los compañeros te preguntan sobre la cosa, como cuando alguien se interesa por la salud de la familia.

Leo y observo las nubes desde el avión; podría decir que el 27 de octubre de 2017 se desarrolló como un videojuego. Aferrados a las arengas digitales, sus jugadores no aceptan el Game Over o el temido Tilt. Se impone el ruido del «enjambre» que José María Lassalle ausculta en «Ciberleviatán» (Arpa).

Pese a perder la partida, los independentistas «tilteados» siguen enganchados al juego de la República Catalana. Repiten la partida una y otra vez, sin pensar en otra cosa que en su quimera.

¡Cuánto desasosiego! ¿Cuándo aterrizaremos?