Miquel Porta Perales - El oasis catalán

Esperpento

«Hay mucho de valleinclanesco en la ficción cultivada por Carles Puigdemont»

Miquel Porta Perales
Actualizado:

Hay mucho de valleinclanesco en la ficción cultivada por Carles Puigdemont. El expresidente de la Generalitat es un auténtico maestro en el arte del esperpento a la manera de Ramón del Valle-Inclán. El esperpento o la deformación sistemática y grotesca de la realidad.

Ese esperpento tragicómico -reiterativo y chillón cuando interesa: siempre de mal gusto a la manera del kitsch- que es un fiel reflejo del secesionismo. Ahí tienen ustedes -como si Carles Puigdemont aspirara a ser Charles de Gaulle (!)- el «espacio libre de Bruselas» o los exiliados o el Consejo de la República o la Asamblea de Representantes de la República o el proceso constituyente. Ficción. Engaño.

Autoengaño. Y un proceso de alienación en que lo inventado se apropia del inventor y acaba dominándole. Y la dificultad de reconocer y deshacer la trama de falsedades y mentiras, de emociones e ilusiones. No es fácil gestionar el fracaso y la frustración. No es fácil aterrizar en la realidad cuando persisten las falacias de la legitimidad, la restitución, la violación de derechos humanos y la república catalana irreversible. Y cuando sigue ahí el ritual arcaico -tribal- de las caceroladas. Todo ello, por cierto, inducido por quienes deberían admitir el desastre al que nos han llevado. Un esperpento. Una cosa fea y ridícula.

El espectáculo esperpéntico de Bruselas -mantenido y potenciado por la sucursal de Barcelona- tiene su lectura política. Un esperpento, ¿para qué? Para ocultar el fracaso del «proceso», para camuflar o disfrazar la mentira, para alborotar al personal y encrespar el ambiente, para disimular y encubrir el poco edificante comportamiento de un fugitivo que tiene la pretensión -Yo, el Supremo que Designa- de seguir mandando, para tensionar la situación, para provocar al Estado y descalificar a la propia ERC si decide rebelarse contra el líder máximo. Todo eso, ¿por qué? Porque, Carlos Puigdemont solo existe en la medida en que desafía. No se engañen, Carlos Puigdemont es la patética imagen del fracaso.

Miquel Porta PeralesMiquel Porta Perales