Portada del libro
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Novelan la historia del bandolero más temido de los Montes de Toledo

La obra del villafranquero Constancio Chacón ha sido premiada en el I Certamen Corcel Negro

ToledoActualizado:

Uno de los bandoleros más temidos de los Montes de Toledo durante el siglo XIX, Isidoro Juárez Navarro, apodado Castrolas, es el protagonista de la última novela de Constancio Chacón. A través de una biografía suya no editada atribuida a Luis Villalobos, antiguo médico e historiador de Villarrubia de los Ojos (Ciudad Real), el escritor analiza el hombre que se esconde detrás del bandido y los motivos que le llevaron a cometer sus legendarias fechorías.

Después de ganar el I Certamen Corcel Negro, la Editorial Entrelíneas, entidad organizadora, ha puesto en el mercado literario esta novela, que lleva por título «Castrolas. El bandolero de los Montes de Toledo». Presentada ya en Villafranca de los Caballeros, pueblo del escritor, próximamente lo hará en Madridejos, un punto clave en la historia de Castrolas, ya que en su sierra se encuentra la cueva donde él se refugió.

Sociedad conmocionada

La novela saca a la luz la cruda realidad del bandolerismo. Aunque está lejos de la «España exótica» oculta en el territorio donde se movían los bandoleros, descrita por viajeros románticos, franceses e ingleses, y por poemas, obras de teatro, películas o series de televisión, que exaltaban hazañas de héroes populares como Curro Jiménez. Chacón, en cambio, habla de la conmoción que causaban en la sociedad de entonces las acciones de estos delincuentes de los montes: «En estos hombres no había nada que admirar, mucha gente cree que algunos de ellos robaban a los ricos para repartir su botín con los pobres, pero esto es una gran mentira. Si repartían algo, era por su propia seguridad, al recibir informaciones o ser amparados cuando lo necesitaban», explica.

Constancio Chacón
Constancio Chacón

Los bandoleros surgieron en los años convulsos del siglo XIX, en periodos de desorden e incertidumbre, de guerras internas, y de crisis política y de autoridad, cuando la guerra de guerrillas plantó cara a los ejércitos napoleónicos.

Podían ser delincuentes que huían de la Justicia, renegados que evitaban formar filas en los ejércitos o soldados carlistas que eran derrotados y desertaban para no ser encontrados y ajusticiados. Pero la mayoría provenía de una «vida de pobreza, miseria y analfabetismo», señala el escritor. Conseguían riquezas asaltando casas, quinterías, propiedades, diligencias y viandantes, que bien podían ser autoridades del poder público, del ejército o desafortunados labradores o pastores. Secuestraban para pedir rescates, pero también torturaban y cometían asesinatos.

El Duque de Ahumada empezó a frenar el empuje de los bandoleros creando en 1844 el cuerpo de la Guardia Civil con 7.000 hombres.

En los Montes de Toledo la gente se guardaba de malhechores como Moreno de la Escobara, de Urda; Malalma, de Madridejos; el Magro, de Arenas de San Juan; el Pizarro, de Malagón; Cartucho, Agapito y el Pincho, de Fuente el Fresno; Cañón, de Piedrabuena, Jorjillo de Villanueva, el Valenciano, el Mestizo, Tripacana, Carnicero, Mariano Ruiz el Pichapelá o Pata Porra.

El asalto de Orgaz

También había facciones, como los Juanillones, los Purgaciones y los Palillos, esta última formada por 180 «facciosos» que desertaron de las filas carlistas. Tenían su propio cuartel, en Marjaliza. Hicieron incursiones en propiedades agrarias de Los Yébenes, Sonseca y Mazarambroz, donde robaron animales y apalearon jornaleros.

Pero la peor acometida de estos forajidos, que pasó a la historia negra de la región, fue el asalto de Orgaz el 25 de febrero de 1839. El vigía de la torre de la iglesia avisó con la campana de la presencia de los Palillos en un cerro próximo. Enseguida, voluntarios de la Milicia Nacional salieron a su encuentro, pero fueron víctimas de una emboscada, porque, tras el disparo de uno de los asaltantes, acudieron otros 200.

En la refriega pasaron a chuchillo a 23 de los voluntarios y 11 los tomaron como rehenes. Aprovechando el desamparo del pueblo, entraron y saquearon casas, las quemaron y asesinaron a hombres, mujeres y niños, hasta que apareció el teniente de la guarnición y expulsó a los criminales. A los rehenes los llevaron a Porzuna (Ciudad Real), donde los fusilaron, después de que sus familiares les entregaran el rescate.

Romances dedicados

Las circunstancias que llevaron a Castrolas a abandonar la vida cívica también estuvieron ligadas a la situación que atravesaba España. Natural de Villarrubia de los Ojos (1851–1881), ya a los 19 años cumplió condena en Alcalá de Henares por robar aceite. Cuando le tocaba hacer el servicio militar y formar filas, se negó y fue enviado al calabozo, para partir luego hacia Ceuta. Pero escapó y se emboscó en la sierra, pasando a ser «el bandido más feroz de los Montes de Toledo», reza uno de los romances dedicados a él.

Mató a tres de sus compañeros, Juan Barajas, el Mamón y el Farruco, pues, como afirma el escritor, Castrolas «era amigo de quién lo trataba bien, pero un gran enemigo de quién no lo hacía».

Chacón ha querido «hacer ver el amor que tuvo por su familia y ante todos por la madre de sus hijos, una villarrubiera llamada Victoria». El escritor ha intentado meterse en la piel de Castrolas y ver lo que él cree que pudo sentir desde «el punto de vista del hombre antes que del bandolero».