Diego de Palafox

Un concierto para decir ¡AMÉN!

La orquesta y el coro del Teatro Real clausuran del Festival de Música El Greco en Toledo

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La IV Edición del Festival de Música El Greco en Toledo se ha cerrado a lo grande con la Orquesta y el Coro del Teatro Real de Madrid en el fascinante marco arquitectónico de la Catedral Primada. Estupendo broche final a una programación de campanillas, que tuvo su primer acto exitoso en las actuaciones de la pasada primavera. El concierto ha consistido en la interpretación del «Stabat Mater», una obra singular del muy popular compositor italiano Gioachino Rossini.

El «Stabat Mater» es un himno, compuesto con toda probabilidad por Jacopone da Todi a finales del siglo XIII, imbuido de un sentimiento religioso en su primera y nativa expresión. Ya desde su inicio, el himno tuvo una gran fecundidad en el campo de la música. Es celebérrimo este «Stabat» que compuso Gioachino Rossini en el siglo XIX, para solistas, coro y orquesta, en una primera versión por encargo del archidiácono español Manuel Fernández Varela (con algunas partes que no eran del propio Rossini, y sin el «Amén» final), estrenada en la iglesia del convento de San Felipe del Real de Madrid, el Viernes Santo de 1833, y en la versión definitiva, ya enteramente propia del autor, estrenada en París en enero de 1842.

El compositor se sirve de todas las formas del estilo dramático italiano: arias, duetos, cuartetos, concertados y fugas. A veces la orquesta calla para dejar descubiertas a las voces en clásica pureza, aunque más a menudo las sostiene e integra en toda su potencia de sonoridad. La influencia de la música operística quizá llevó al compositor a ciertas caídas en lo melodramático en algunos pasajes, como el «Cuius animam gementem» y en el «Sancta Mater istud agas»; lo cual no quita que en su conjunto la obra deje una impresión de genialidad y fuerza, desde el color sombrío y misterioso de la introducción al bello ímpetu lírico del «Fac ut portem», a la pureza vocal del «Quando corpus» y a la poderosa polifonía de la fuga final.

Mucho debemos a Alberto Zedda, el musicólogo y director de orquesta especialista en Rossini recientemente fallecido, pues ha sido la persona estudiosa que se encarga de aplicar el conocimiento teórico al acto musical y ha ahondado en una figura que se considera a veces superflua, para darnos una visión poliédrica de un compositor, Rossini, que era mucho más que efecto.

Tras unas palabras iniciales del director del Festival de Música El Greco en Toledo, Juan José Montero, y otras del eximio orador que es el deán catedralicio, Juan Miguel Ferrer, tuvo lugar el concierto ofrecido por la Orquesta y el Coro del Teatro Real de Madrid, que ha resultado fantástico, a pesar de celebrarse en un lugar tan artístico pero tan peculiar en su sonoridad como es la catedral de Toledo, de una acústica difícil, tanto para hacer música como para escucharla, lo que requiere importantes decisiones musicales por parte del director. Por eso, Ivor Bolton, sin batuta, esperaba de manera orgánica entre los solemnes «tuttis» y los comienzos de las intervenciones vocales. Es quizá en esos momentos de contrastes dinámicos en los que el control de esa gran masa sonora brilló en el imponente espacio de las altas naves góticas de la iglesia. Bien es cierto que, al principio, se tardó en equilibrar el volumen en los «acompañatos» orquestales a las arias solistas, como fue el caso de la intervención del tenor en el aria «Cuius animan gementem», donde el volumen orquestal sobrepasaba la voz solista.

Ejecución estupenda

Más de mil quinientas personas pudieron deleitarse con una orquesta de grandes dimensiones, tal como lo especifica Rossini en su partitura, que, liderada por el concertino Víctor Ardelean, supo navegar con gran éxito tanto en los «tuttis», ora solemnes ora penumbrosos, como en los acompañamientos, con esas fórmulas que recordaban las arias de las conocidas óperas rossinianas. Pese a la difícil acústica, la orquesta siempre se esforzó por decir cada nota, por articular cada ritmo y por subrayar, bajo la atenta mano del maestro, las intervenciones vocales. El conjunto resultó de una ejecución estupenda, pero, por su homogeneidad y brillantez, son reseñables las intervenciones de los trombones, que cuentan entre sus filas con el experimentado Simeón Galduf, cuya sonoridad siempre nos evoca de manera directa los sonidos más puramente religiosos y eclesiásticos.

El coro Intermezzo, titular del Teatro Real, constaba de casi cincuenta voces, que entretejieron las ricas intervenciones corales de esta sólida composición religiosa. Aunque la afinación calaba mínimamente en alguna de las secciones «a capella», pudimos disfrutar de un conjunto con una variedad de matices y actitudes vocales dignas de mención, que se encendía plañideramente con ese sentido casi místico de la madre María que siente en sus brazos al hijo muerto. El coro brilló especialmente cuando cantaban «paradisi gloria» del número IX: «Quando corpus morietur». El esplendor de esta música de emociones celestiales se culminó con la música grave de un «Amén» espectacular, con unos fugados que nos recuerdan irremediablemente al «Requiem» de Mozart.

Los solistas -la soprano Eleonora Buratto, la mezzosoprano Silvia Tro Santafé, el tenor Michele Angelini y el bajo Roberto Tagliavini- realizaron un trabajo exquisito; todo fueron bellas intervenciones, con un buen uso de las líneas largas y sin abuso de amplios «vibratos», con gran unidad vocal en cuanto al tratamiento dramático. Habría que destacar, sin embargo, la excelente labor de la española Silvia Tro Santafé, y de la habitual del Teatro Real Eleonora Buratto.

Traspasar fronteras

El director superó el difícil reto que supone dirigir estos repertorios en un lugar con una reverberación especial, como es la catedral toledana. Más allá de salvar la situación, vimos a un Bolton aprovechando la acústica del templo para hacer respirar a la música. Sus orígenes como director de coro se hicieron patentes en el uso respirado de un gesto con las manos desnudas, sin batuta y en constante contacto con el coro. Apreciamos un Ivor Bolton dirigiendo a veces vehementemente, como en el Amén, y más contenido en otras, cediendo a sus músicos por momentos el liderazgo.

En suma, el concierto supuso un momento musical excelente y una verdadera gozada, tanto para los expertos y melómanos, como para la inmensidad de personas que se acercan a un acto cultural y creativo de estas dimensiones (exceptuando siempre a aquellas que no apagan los móviles o que utilizan los abanicos como si fueran cuervos graznantes).

Como dos elementos de interés hay que significar también las excelentes notas al programa, firmadas por Joan Matabosch, y la muy acertada idea (que se ha repetido en todos los conciertos del Festival) de ofrecer una charla inicial para favorecer la mejor comprensión de la música que luego se va a escuchar.

La organización y los patrocinadores de la IV Edición del Festival de Música El Greco en Toledo pueden darse por muy satisfechos con la calidad artística de los conciertos programados. En una ciudad en la que todo cabe, no puede faltar la excelencia, que es el mejor modo de traspasar fronteras y atraer a Toledo a gentes que no solo vienen a ver su patrimonio milenario, sino el patrimonio presente con acciones culturales de la envergadura de este Festival. Este es el camino. Aquí pueden convivir las masas y la excelencia. Y se puede incluso fletar un tren AVE especial desde Madrid para venir a Toledo a un concierto. Y la gente viene, como va a Lucerna a su Festival de música sostenido en el tiempo o a Aviñón a su festival de teatro. Esperemos que los patrocinadores compitan por ser mecenas del Festival de Música El Greco en Toledo y ¡ojalá! se pudiera hacer una programación quinquenal para alcanzar ese grado de profesionalidad sostenible de una acción cultural importante. Vaya mi aplauso para todas las personas e instituciones que aportan su saber, su entender y su capital para que la cultura sea un objetivo primordial en una ciudad que respira sapiencia, ilustración y emociones por todos los poros de sus piedras.