La directora del centro, con los alumnos en la cárcel de Soto del Real
La directora del centro, con los alumnos en la cárcel de Soto del Real - Guillermo Navarro

La vuelta al cole entre rejas

Trescientas personas cambian la etiqueta de presos por la de alumnos al entrar en las aulas de Soto del Real. Las matemáticas y el español reinsertan

MadridActualizado:

Teresa tiene 64 años y acaba de sacarse la ESO. Es de Barcelona, pero su acento evoca el Caribe. El título se lo mandarán al módulo de mujeres de Soto del Real donde vive desde hace 31 meses. Dice que por poco tiempo. «Traía droga en una maleta desde Colombia», cuenta. Pero eso es pasado. «Soy la única mujer que se ha graduado este año. Estoy muy orgullosa; siento no tener más tiempo por delante para estudiar. Al salir tengo que trabajar y buscar algo para sobrevivir».

Elena Simón la escucha con atención y sonríe. Es la directora del colegio «Yucatán», el del centro penitenciario Madrid V, en Soto del Real. ABC ha asistido al inicio del curso escolar en estas aulas atípicas por las que asoman vidas heridas y vidas esperanzadas. Rostros llegados desde medio planeta y manos que se aferran a un bolígrafo como a un salvavidas. En lenguaje maya «Yucatán» significa «no entiendo, yo no soy de aquí», apropiado para quienes están de paso en esa estación en la que prevalece el sonido de las rejas metálicas.

«En el momento en que entran en las aulas son alumnos, no presos». Sentados en sus pupitres, los internos se deshacen en elogios hacia sus maestros. Y los piropos son recíprocos. «Hay muchos profesores que piden dar clase en prisión», admite Elena Simón. «Es un trabajo diferente. Son adultos y son internos. Ves cómo te tratan y te valoran y es muy gratificante». Ella y los doce profesores del «Yucatán», en un módulo pulcro y plagado de carteles y dibujos que también alberga la biblioteca, acaban de hacer las pruebas de valoración inicial: 350 entrevistas.

A tope

El curso lo empiezan unos 300 internos. No hay más espacio ni más docentes. El resto entra en lista de espera, pero las listas de la escuela de presos de Soto fluctúan más que la Bolsa. Varían cada semana. Es un centro de preventivos y, por tanto, el movimiento es continuo. Cada lunes, nueva clientela. El 60 por ciento de quienes se forman entre esos muros son extranjeros. El grupo más numeroso es de sudamericanos, seguido por internos del Magreb y Norte de África y luego están los del Este de Europa: rumanos, georgianos y rusos. A las aulas se asoman también unas chicas taiwanesas y algún chino.

María Ángeles, con la manicura perfecta y el pelo recién arreglado, está acabando la ESO. «Cuando termine voy a hacer auxiliar de Enfermería», explica ilusionada. Tiene una niña de siete años y lleva tres y medio en Soto. «Venía de Cabo Verde cuando pasó todo», dice y no quiere seguir. Es del madrileño Barrio del Lucero. Su pelo rubio contrasta con las abultadas trenzas negras de Emy y su compañera, ambas nigerianas. Unos bancos más atrás se apretujan dos polacos, un portugués y un italiano. Las chicas taiwanesas llevan un año aprendiendo español. Han pedido quedarse en nuestro país cuando salgan.

En el «Yucatán» se imparten clases de Primaria, Secundaria, español para extranjeros y acceso a la Universidad para mayores de 25 años. La ESO se divide en dos ciclos: nivel uno (los dos primeros cursos) y nivel dos (los dos últimos). En las clases de español se mezclan nacionalidades y culturas aunque eso no impide que funcionen como un reloj. «Puede haber una discusión normal entre dos personas, pero peleas entre ellos que recuerde solo una en la que uno tiró una silla a otro. Todo está controlado. Tenemos la asistencia de un funcionario. En cada aula hay un timbre de alerta. En cada turno en el módulo hay 150 personas pero no vivimos problemas de convivencia. Estamos aquí también para enseñarlos a convivir», dice Elena.

Las clases transcurren en ocho salas: cuatro pequeñas y cuatro más grandes. Lourdes, la profesora de español, lleva seis años afanándose en una de ellas. Se siente feliz. «En esta escuela hay infinitamente menos problemas que en cualquier centro de Secundaria. Los alumnos se portan muy bien. Es muy gratificante ver el interés que demuestran. Aquí venir a la escuela es un premio».

Dificultad

Explica las dificultades de un chino por ejemplo para hablar español. «Hay gente que ni siquiera tiene la grafía de las letras; tienen la grafía de cirílico, o árabe o chino... por eso hay una clase de alfabetización en la que pueden aprender a leer y escribir». Entre sus alumnos aún encuentra algún español casi completamente analfabeto.

Antonio, zamorano de 50 años, corrobora que asistir a clase es un premio en la dura vida de prisión. Comercial y transportista, cumple condena por un robo con fuerza y está a expensas de unos meses para salir. Habla de reinserción real con profesores y terapeutas que se han volcado. Dice que ha tomado conciencia personal «más que nunca» y mira el futuro con ilusión. Mientras habla, con un discurso elaborado tal vez algo disonante en ese contexto, se afana sobre su cuaderno del curso de informática y sus esmerados apuntes. Antonio se deshace en elogios con los profesores.

La devoción parece mutua, forjada a base de horas e historias no aptas para mentes estrechas. Jose Luis Urueña es el profesor de Matemáticas. Un histórico y un convencido. «Llevo en estas casas desde 1989». Estas casas, como las llama, son las prisiones españolas, cuando algunas de las actuales como Soto ni siquiera se habían empezado a levantar. Antes había un cuerpo de profesores de Instituciones Penitenciarias y existían incluso oposiciones específicas. En el año 2000 pasaron a depender de las consejerías de Educación respectivas.

«¡Aquí no tenemos padres!»

Calcula que ha dado clase a unos 4.000 presos. «Son casi 4.000 experiencias humanas. En un curso conoces un poco de la vida de cada uno y con la mayoría de ellos empatizas. Hay un poco síndrome de Estocolmo. O les odias o les coges cariño, como la vida misma... A ver que no vienen de Marte; la diferencia es que yo a la hora de comer me voy a mi casa y ellos se quedan». «¿Le gustaría dar clase en un colegio de los de fuera?». «Ni hablar, aquí no tenemos padres...», suelta rápido con una ruidosa carcajada. Varios de sus alumnos lo miran con una cercanía cierta.

«¿Qué tal con la peruana?», le pregunta a uno de sus chicos. «¿Tienes ya derecho a roce?». El alumno se lleva la mano a la boca pidiéndole silencio. «Calla, calla que voy a comunicar con otra». Son las bromas talegueras, la vida al paso, exactamente igual que fuera de esas rejas que suenan terroríficas cuando se quedan a la espalda.

Teresa, 64 años, ha conseguido su título. Teme al prejuicio. «Aquí también se puede estar por algo de tránsito o por no pagar impuestos o por errores. El error es justificable para uno mismo pero quizá para la sociedad no lo sea. Creen que todo el que sale de una prisión es un asesino. Y no es así». Casi nunca es así.