Armas que los Mossos incautaron al capítulo de los Ángeles del Infierno de Tarragona el pasado febrero
Armas que los Mossos incautaron al capítulo de los Ángeles del Infierno de Tarragona el pasado febrero - ABC

Los «Ángeles del Infierno» de España, en la antesala del crimen organizado

La banda motera en la Península se financia traficando con droga pero sin la estructura que tiene en la Europa del Este

BarcelonaActualizado:

No son simples grupos de amiguetes que se juntan los domingos para dar rienda suelta a los caballos de sus Harley-Davidson. En la base de cualquier capítulo -facción- de la banda motera «Hells Angels» (Ángeles del Infierno) hay un sustrato delicuencial. Y es que la actividad criminal, ya sea a pequeña o a gran escala, es esencial para la financiación de su estructura. «Esto es algo que cualquier aspirante a ‘Hells’ sabe», explican a ABC investigadores de los Mossos que llevan años siguiendo la pista de estas bandas. Cuando un aficionado a las motos aspira a ponerse el parche de los «Hells» no lo hace solo por amor a las dos ruedas. Asume un ideario de ultraderecha y acaba participando, o al menos avalando, la delincuencia de la banda, según explican las mismas fuentes. El tráfico de drogas es la dedicación principal, pero también la venta de piezas de moto robadas y extorsiones, sobre todo a sectores con quien se relacionan, como tatuadores o concesionarios.

El primer club de los «Hells Angels» se fundó en California en 1948 y en la actualidad cuenta con facciones en distintas partes del mundo. En Estados Unidos y en Europa del Este funcionan como estructuras puras de crimen organizado, en colaboración con otras bandas no moteras, dedicándose al tráfico de drogas a gran escala, extorsión o a la explotación sexual, entre otras actividades. ¿Y en España? En la península, como en el resto del mundo, los «Hells» están hermanados con la delincuencia, pero, según explica a ABC el jefe de la División de Investigación Criminal (DIC) de los Mossos, Toni Rodríguez, no han dado aún el paso para constituirse en una amenaza del calibre de lo que ocurre en Europa del Este. «En España están en un escenario previo al crimen organizado; pensamos que no han dado ese salto, pero pueden tener pretensiones de hacerlo», explica Rodríguez.

Estructura paramilitar

Los «Hells», en la península, conservan la supremacía sobre el resto de las bandas moteras. A muchas las usan como una especie de «filiales», en una relación de vasallaje a modo de cantera. En España, los «Hells» eclosionaron a principios de los ochenta, bautizándose, en principio, como «Centuriones». Ha sido en Barcelona donde históricamente han tenido mayor poder y, hoy en día, podrían contar con una veintena de integrantes, aunque su cuantificación es complicada por su hermetismo. Están presentes también en Madrid, en la Costa del Sol, en la zona de Málaga y Zaragoza. Y en Cataluña tienen una facción en Tarragona -a la que los Mossos dieron un gran golpe recientemente- e intentan poner en marcha otra en la Costa Brava.

Pese a estar todavía en la antesala del crimen organizado, los «Hells» echan mano también del tráfico de drogas para financiarse. Mantener la estructura de la banda es caro, señalan los investigadores. Más allá del coste de las motos y la indumentaria, cada capítulo cuenta con una sede y una estructura jerárquica muy rígida. «Más que paramilitar», precisan las mismas fuentes. Para ascender en la banda pasan un duro periodo de pruebas en el que los candidatos son tratados «como ratas», explican los investigadores. Recientemente, en el capítulo de Tarragona, la banda expulsó a un miembro porque, según ellos, había robado droga. Le obligaron a tatuarse el cuerpo para borrarse los grabados de los «Hells». La víctima se quejaba de que le habían dejado los brazos «como una morcilla». Lo apalizaron y le quitaron la moto. Para ascender en la jerarquía se valora la violencia contra la policía.

Ante el riesgo de que den un salto cualitativo hacia el crimen organizado, la Policía intenta no perderles de vista. De tanto en tanto lanzan un operativo, no solo para desmontar capítulos si delinquen, sino para evitar que perfeccionen su maquinaria delictiva y aceleren sin frenos hacia estructuras de crimen organizado, como sus colegas de Europa del Este.