Valle Inclán y el presidente de la Mesa de Edad, Agustín Javier Zamarrón - ABC / Vídeo: El saludo entre Junqueras y Sánchez que, según Carmen Calvo, «no venía a cuento»

Esperpento en el Congreso

Valle-Inclán pareció ayer reencarnarse en una Cámara donde todo resultó una burla

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Me pellizqué por si estaba soñando a esa primera hora de la mañana, pero no: estaba despierto, bien despierto. Ello no hizo más que aumentar mi perplejidad al ver subir al personaje a la tribuna del Congreso y declarar abierta la sesión. Con su larga barba de chivo, la mirada penetrante bajo las gafas y una florida corbata digna del marqués de Bradomin, allí estaba don Ramón, elevando su armónica voz en el Hemiciclo lleno de diputados.

El insigne autor de «Luces de Bohemia» había tenido el buen gusto de morirse unos meses antes del estallido de la Guerra Civil, pero por unos instantes pensé que había resucitado para no perderse lo que iba a suceder ayer en Las Cortes. Sólo un talento como el suyo hubiera podido narrar el esperpento con el que se nos obsequió, que convirtió la carrera de San Jerónimo en un escenario semejante al Callejón del Gato, aquel en el que dos espejos –uno cóncavo y otro convexo– servían para deformar la realidad.

Ya decía el eximio escritor que «en España no se premia el mérito. Se premia el robar y ser sinvergüenza. Se premia todo lo malo». Y lo malo, lo peor es lo que afloró en un Congreso transformado en un escenario teatral en el que los independentistas quisieron emular a Max Estrella y Don Latino en el arte valleinclanesco del esperpento. Lo intentaron pero no lo consiguieron porque carecían de gracia y de talento. En realidad, todo quedó en una astracanada que recordó a aquel Parlamento en el que Groucho Marx declaraba la guerra a Sylvania.

Lo único bueno de la sesión inaugural de la legislatura fue esa resurrección momentánea de Don Ramón gracias a la contribución de un médico jubilado de 73 años de mi pueblo, Miranda de Ebro, llamado Agustín Javier Zamarrón. Sólo le faltó haber sido manco como el pendenciero literato, que perdió el brazo a causa de una discusión de café.

Su quevedesco rostro y su donaire merecían mejor suerte que presidir durante unas horas la humillación a la que sometieron a la Cámara que representa la soberanía popular Oriol Junqueras y sus tres compañeros, recibidos como héroes por la bancada independentista.

Si buscaba un foto, el líder de ERC la consiguió al dar la mano a Pedro Sánchez, con el que luego cambió impresiones durante unos instantes. «Tenemos que hablar», le dijo. ¿De qué? ¿De cómo sabotear la soberanía nacional o de cómo destruir la convivencia en Cataluña?

El momento más esperpéntico –con perdón del maestro de Villanueva de Arosa– fue el acatamiento de la Constitución, convertido en una nueva burla de un independentismo que no tolera bromas en su sede parlamentaria pero al que le gusta hacer escarnio de la legalidad en casa del prójimo.

Junqueras prometió acatar la Carta Magna «desde el compromiso republicano, como preso político y por imperativo legal», lo equivale a jurar por Snoopy. Rull, Turull y Sànchez hicieron lo mismo, al igual que los demás diputados independentistas que aprovecharon el momento para lanzar un alegato contra las instituciones que desprecian.

Laura Borràs, diputada de Junts per Catalunya, habló de «democracia fake», una definición perfecta para el modelo político que ella defiende. Todo es un «fake» en quien utiliza el garantismo del sistema para intentar destruirlo sin escrúpulo alguno.

Pero no lo lograrán mientras líderes políticos como Albert Rivera se mantengan firmes frente a las provocaciones. Aunque no obtuvo el amparo de la nueva presidenta del Congreso, muchos españoles se sintieron identificados con sus palabras cuando advirtió que su partido no va a consentir tales insultos y humillaciones.

Puede que Meritxell Batet tuviera razón desde el punto de vista legal al permitir el denigrante espectáculo, pero políticamente la actitud de los independentistas es inaceptable. Y lo es porque el respeto a las formas y a los que no piensan igual resulta esencial en una democracia.

Junqueras y los suyos fueron al Congreso a provocar y lo consiguieron. La prueba es que estamos hablando hoy y ahora de ellos. Obtuvieron sus minutos de gloria, sí, y la foto que buscaban, pero no convencieron. Lo único que demostraron es que el sistema es suficientemente generoso para dar voz a los que quieren destruirlo. Pero eso no es una debilidad sino una fortaleza. Lo único que quedó patente es que la democracia española es muy superior moralmente a un independentismo catalán para el que el fin justifica los medios, mentiras incluidas.

El sabio y perspicaz Don Ramón, que conocía muy bien la condición humana, señalaba que «la ética es lo fundamental de la estética». Los diputados independentistas carecen de estética porque les falta la ética. Y eso no tiene arreglo. Ayer quedó retratada su mezquindad moral. No hace falta cambiar las leyes para evitar espectáculos como éstos. Lo mejor es dejarles que se muestren tal y como son: unos miserables.