Salvador Sostres

Lo cara que nos sale la izquierda en España

Salvador Sostres
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Estos cien días sin gobierno se han caracterizado por el intento, que todavía no está del todo muerto, de suplantar la democracia con pactos de despacho, y hemos visto a los que perdieron las elecciones acusando de fascistas a los que las ganaron por no plegarse a sus caprichosas, insuficientes y vanidosas alianzas.

Estos cien días sin gobierno han servido para que subiera al escenario la función que una cierta España lleva años ensayando, y que es la del asalto al poder como si creerse más guapo y más inteligente que los demás dotara de legitimidad para gobernar. El narcisismo llevado al extremo también da el Esperpento.

Los dos grandes derrotados del 20 de diciembre fueron el PSOE y Ciudadanos. Los socialistas obtuvieron el peor resultado de su historia y Albert Rivera, que confiaba en el triple empate, pinchó estrepitosamente y todos sus espejos se le rompieron al quedarse con sólo 40 diputados.

Lo de Albert Rivera es poco importante, porque él es poco importante, lo que dice es poco importante, y su partido es también muy poco importante, sobre todo comparado con las ínfulas de su amado líder.

Pero el espectáculo de deslealtad y de bajeza moral que ha dado el PSOE ha sido de fin de época, de partido que quiere arrasar con el botín para marcharse muy lejos y no volver nunca más. La agonía de Pedro Sánchez, que en su arrogancia de barriada ha tratado de disimular con volteretas su fracaso inapelable, ha puesto en entredicho el sentido de Estado de su partido y su homologación para el siglo XXI.

El presidente Rajoy podía haber optado por la épica y podría haberse incorporado sin problema al espectáculo de espejos y espejismos. Tal vez le habría ido bien, porque es un buen orador entre esta ingente cantidad de charlatanes que han tomado la palabra últimamente en el Congreso.

El caso es que, como de él cabía esperar, no lo hizo, y ha aguantado sin inmutarse que el partido más corrupto de la democracia, que es el PSOE, pusiera de excusa los casos de corrupción del PP para resistirse a la gran coalición, la única salida constructiva para España.

Y aunque todavía queda tiempo para que pase cualquier cosa, y no es una manera de hablar sino un recuerdo de lo que sucedió en Cataluña, todo parece indicar que los socialistas van a necesitar una repetición electoral para acabar de aceptar la democracia.

Porque por mucho que se quieran inventar inexistentes complejidades, el resumen de estos 100 días es lo que hemos esperado los españoles a que los socialistas acepten la parte de sacrificio que les toca y se pongan a gobernar con el PP. Todo lo demás era y es imposible y no hacía falta probarlo para saberlo. Con un poco menos de resentimiento, bastaba para darse cuenta.

Estos cien días sin gobierno nos han servido para recordar lo cara que nos sale la izquierda en España, esta izquierda prebélica y extraviada, hija de todas las derrotas, y que sólo vive para vengarse del pasado sin tener el más mínimo proyecto de futuro.

Lo cara que nos sale la izquierda, y lo cara que nos va a seguir saliendo, eso ténganlo por seguro.

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