Masters 1.000 Montecarlo

Djokovic marca territorio

El serbio impone su mejor nivel en este 2015 sobre Nadal, que gana en confianza y en dinámica de juego (6-3 y 6-3)

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A Rafa Nadal lo reconstruyen los rivales. Si en los cuartos de final era David Ferrer quien le apuntaba el camino hacia la recuperación, fue Novak Djokovic el que le dio las claves definitivas. Fue el serbio el que se llevó el partido, fue Nadal el que recogió las piezas que le quedaban para continuar una reconstrucción que se intuye muy cercana. Y todavía queda camino hacia París para pulir los detalles. [ Así hemos contado el partido]

Es el duelo por excelencia del tenis moderno. De una nueva era en la que solo hay defensas para iniciar nuevos ataques. El de Montecarlo significaba el choque 43 entre Rafa Nadal y Novak Djokovic. Tuvo un guión único, una ronda antes de lo que los protagonistas acostumbran a encontrarse, pero con los ingredientes y la adrenalina de todas las finales anteriores entre ambos tenistas: larguísimos intercambios, puños cerrados de ida y vuelta, grandes puntos, mejores ataques, juegos de hasta once minutos y medio de duración. Venció el serbio, aunque no levantara ningún trofeo. Pero venció también Nadal, a sus miedos, sus fantasmas, su ansiedad. Nunca una derrota tuvo tanto de positivo.

Ganó Djokovic el sorteo, y también el primer punto del partido. El respeto entre ambos se midió con los aplausos del serbio, arrinconado en los dos primeros juegos porque el balear se reconstruye así, con la intensidad de quien tiene enfrente. Y hoy, en Montecarlo, la tenía toda. Por eso sus piernas funcionaron rapidísimas. Sus golpes, ajustados a sus apetencias. Su cabeza, confiada en cada movimiento. Se llevó los dos primeros juegos y casi el tercero. La ambición, o la ansiedad, atacaron al jefe durante un instante. Con la pista a su favor, la red se elevó un centímetro más de lo estipulado.

Rozó el 3-0, se le arrugó el gesto. Ese leve chasquido en su confianza lo aprovechó Djokovic para ajustar la realidad del ranking y del año a la final anticipada de Montecarlo. El serbio se mantiene de dulce sobre la tierra batida. Como su rival, tiene París como objetivo real y sirva este torneo monegasco para confirmar su rutina. La de aprovechar los resquicios y machacar con las derechas. La de lanzar gestos agridulces al aire para borrarlos de un puñetazo cuando el revés llega donde no llega nadie, cuando sus piernas alcanzan las dejadas más furtivas, cuando su derecha rompe las esperanzas del contrario.

A Nadal le sigue faltando esa chispa de otros momentos. Pero ya la huele. Aguantó hasta el 3-3 con puntos que presagian frutos. Y cedió en ambos sets con la misma merma: dejar que sus ventajas no fueran definitivas. Ante el número 1 del mundo, un centímetro de duda es demasiado espacio. Dos roturas le bastaron a Djokovic para imponer su impecable estado de forma. El serbio juega y gana como rutina, teledirigidos sus golpes, certeros sus movimientos. Pero está Nadal al acecho. Rotas las ataduras de sus fantasmas, el balear ajusta la confianza. Se va de Montecarlo en semifinales. Se acerca a Madrid en buena sintonía. Otea París como reclamo. Cada punto, una pieza más en su reconstrucción.