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Leyendas españolas

En la cima del deporte español

El atleta soriano Fermín Cacho logró en Barcelona uno de los mayores éxitos de la historia del olimpismo español

Fermín Cacho celebra la victoria.
Fermín Cacho celebra la victoria. - Efe

Es una de esas postales que resisten el paso del tiempo con buen aspecto. Quién no ha visto alguna vez a ese atleta de pelo rizado recorrer la recta de meta destacado, mirando desconfiado atrás y alzando finalmente los brazos en el centro de un estadio extasiado. Fermín Cacho figurará para siempre en las páginas principales de la historia del deporte español. Pocos éxitos de nuestro olimpismo tienen mayor valor que éste. Un triunfo en la final de los 1.500 de los únicos Juegos celebrados en España.

Fermín Cacho atrapó la gloria gracias a un don tan español como es la picaresca. A falta de 200 metros, cuando se tensó la carrera, apretó el paso y, algo inusual, se coló por dentro, pegado a la cuerda, y superó a Birir y Chesire. Su tranco poderoso, impulsado por los 65.000 espectadores que llenaban el Estadio Olímpico en la montaña mágica de Montjuic, fue alejándole de los rivales. Y llegó a la recta, pasarela hacia la inmortalidad, despojado de amenaza. No se lo creía. Tuvo que mirar hasta seis veces hacia atrás -"por instinto", explicó-. Pero ya nadie podía evitarlo. Y Cacho, con el número 404 en el pectoral, un pura sangre de 23 años, alzó los brazos.

El soriano comparte el honor, junto al marchador Dani Plaza, ganador unos días antes, de ser el único campeón olímpico del atletismo español. No ha habido otros. Pero su suerte, a diferencia de Plaza, es que su medalla de oro llegó a través de una prueba de culto en España: los 1.500.

Aquel 8 de agosto de 1992 fue un día celestial. España, país balompédico de los pies a la cabeza, ganó la medalla de oro de fútbol aquella tarde-noche, la misma que coronó a Cacho. Barcelona echaba humo aquel día, el día que el estadio olímpico vibró con el triunfo de un atleta que acabó recibiendo la 'bendición' del Rey. "He sufrido mucho, Cacho, no entiendo cómo te has podido meter por dentro para adelantar al keniano", le soltó Juan Carlos I después de felicitarle.

Cacho, que ya había dejado de soñar en ser como Gordillo, tenía un nuevo deseo desde que en 1986, nada más salir del instituto a mediodía, se enteró de que Barcelona acogería los Juegos de 1992. Fermín Cacho, el mejor atleta español de todos los tiempos, sumó mucho más éxitos a su palmarés. Ninguno tuvo aquella dimensión, pero no conviene olvidar que cuatro años después se marchó de los Juegos de Atlanta con una medalla de plata, el mismo metal que en un par de Mundiales. Y otra carrera para la historia, el 13 de agosto de 1997, en Zúrich, una pista talismán en la que, seis años atrás, logró la mínima para Barcelona y que ese día le sirvió para correr en 3:28.95, una marca que todavía es el récord de España y de Europa de los 1.500.

Cacho era un chico que ayudaba a su padre en el campo y que jugaba al fútbol como casi todos. Hasta que Enrique Pascual, su profesor de Educación Física, detectó sus cualidades para la carrera y lo convirtió en atleta. No paró de pulirlo hasta mucho después de convertirlo en campeón olímpico, una de las cimas del deporte español.

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