Tour de FranciaAsí preparan los equipos la infernal etapa sobre el pavés

La novena etapa, con final en Roubaix, enfrenta a los favoritos a más de veinte kilómetros de los temibles tramos adoquinados

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El Tour es un acontecimiento vivo. Cada día hay algo nuevo de qué hablar. En la octava etapa, la que iba a ganar al sprint el holandés Dylan Groenewegen en Amiens, se cuchicheaba sobre la etapa siguiente, la novena, la del pavés. La que tanto esperan los especialistas como Sagan o el líder, Van Avermaet. La que tanto temen los demás. La que acabará en Roubaix, que en la jerga ciclista es sinónimo de «Infierno del Norte».

Todos los aspirantes al podio llevan meses pasando su dedo sobre esta página del libro de ruta. La han desgastado contando los tramos de cantos rodados. Quince. Más de 20 kilómetros sobre el filo de los adoquines. Una pequeña París-Roubaix. Territorio para pesos pesados. Los escaladores tragan saliva. De eso se hablaba en la salida de Dreux. De la tracción del caucho, de nitrógeno para inflar ruedas, de presión en los tubulares... De llegar el primero a ese tramo inicial de pavés. De meterse en él a lo loco. De entrar en el infierno con un salto al vacío. El de Roubaix es otro ciclismo. Ni el manillar sirve. No se gira con los brazos sino con el cuerpo. Eso se aprende de niño, como los belgas, o se sufre para siempre, como los especialistas en la montaña.

Tras una semana peligrosa y llana, Landa y Valverde se mantienen a la par de los mejores, de Froome, Porte, Nibali, Fuglang, Roglic... Y miran desde arriba a los rezagados Bardet, Dumoulin y Quintana. Les queda un día por salvar antes de la montaña. Pero es un día de piedra. «Al menos, no va a llover», resopla Landa. El alavés y Valverde se notan fuertes, confiados. Están donde querían. Saben que Nibali, Fuglsang y el Sky de Thomas y Froome tratarán de enterrarles en ese pedregal.

De eso iban las charlas en la salida. En el autobús del Bora, el equipo de Sagan, tronaba un altavoz. Rock a todo volumen. Para hablar de piedras hay que ir al Bora. Patxi Vila es el director. «La clave son las ruedas, los tubulares», dice. En el Bora han fabricado sus propios neumáticos. Tienen tres capas: la cámara, más resistente y pesada para esta etapa. Por encima está una tela de algodón. Han experimentado con distintas densidades. La tercera es el caucho, la goma que rodará sobre el pavés.

A eso se suma la presión de los neumáticos. Tiene que ser más baja. Ruedas blandas. «Cada ciclista lleva una presión en función de su peso y características», apunta. Todo está milimetrado: la tensión de los radios de cada rueda, la flexibilidad de las llantas... El ciclismo elevado a la F1. «Inflamos las ruedas con una mezcla de nitrógeno y aire. Hemos comprobado que van mejor», desvela Vila. «Lo que ganas en fiabilidad lo pierdes en velocidad. Hay que buscar el equilibrio perfecto».

Al lado de Vila escucha Pedro Horrillo, exciclista enamorado de Roubaix. Asiente. «Lo más complicado será entrar bien colocado en el primer tramo. Va a ser una locura», avisa. Y da un consejo válido para Landa, Valverde y Quintana: «Si no consigues estar delante, hay que evitar caer en el pánico. Se trata de juntarse y sumar fuerzas para enlazar». También Xabier Artetxe, preparador físico en el Sky, habla de los adoquines, omnipresentes. El equipo de Froome distribuirá unas 50 personas en los 15 tramos. Con ruedas y bidones. Un ejército de salvamento. Correrán bien armados. Quieren colocar a Thomas de líder del Tour y a Froome por delante de sus rivales. Tras el infierno, la Grande Boucle será otra. Así es el Tour, algo vivo.